LITERATURA INFANTIL
“EL CORRAL DE LA INFANCIA” – Graciela Montes
REALIDAD Y FANTASÍA – ¿Cómo se construye el corral de la infancia?
En su texto Graciela Montes postula que hay una discordia entre los defensores de la
realidad y los defensores de la fantasía y sostiene que en ellas hay una vieja presencia en
las reflexiones de los pedagogos acerca del niño y lo que a este le conviene. Además
sostiene que hay quienes creen que una de las cosas que menos les convendría a los niños
es precisamente la fantasía - ogros, hadas, brujas, varitas mágicas, seres poderosos,
milagros, animales que hablan, objetos que razonan - objetos de ese tipo deberían ser
expulsados de los cuentos. El ataque es en nombre de la verdad, de la fidelidad a lo real, de
lo razonable.
Junto con Rousseau, se agregó la psicología positivista (año 50) ambos creían que con los
cuentos sanguinarios y feroces que leían los niños, se aumentaba la criminalidad en
tiempos de guerra y en tiempos de paz. Además en 1978 durante la dictadura militar, un
decreto prohibió la circulación de la Torre de Cubos de Laura Devetach, considerándola
como un exceso de imaginación, e ilimitada fantasía. En fin todos estos, consideraban
peligrosa a la fantasía porque estaba fuera de control y no se sabía a dónde podía llevar.
En esta oposición entre realidad y fantasía, se esconden mecanismos ideológicos de
revelación y ocultamiento que les servían a los adultos para domesticar y someter a los
niños. En tanto la literatura infantil no es ninguna especie de bicho raro ya que es un campo
aparentemente inocente y marginal donde sin embargo, se libran algunos conflictos más
duros y reveladores de nuestra cultura. De a modo que hacer pie en la literatura infantil
puede ser un buen modo de ingresar a esos mecanismos secretos.
Literatura infantil, merece el nombre que tiene, si es literatura, entonces es un universo de
palabras que sobre todo se alude a sí mismo y alude, simbólicamente, a todo lo demás.
Pero ¿cuáles son las huellas que deja? ¿Y quién es el que deja marcas, el niño al que el
texto busca como lector, o más bien el adulto en el que se originó el mensaje? En realidad,
basta seguir mirando para darse cuenta de que todo lo que los grandes hacen en torno de
la literatura infantil (no sólo cuando la escriben, sino también cuando la editan, la
recomiendan, la compra) tiene que ver no tanto con los chicos como con la idea que
nosotros los adultos tenemos de los niños, con nuestra imagen ideal de la infancia. La
relación entre los grandes y los chicos es una región difícil y escarpada, de a ratos oscura,
donde soplan vientos y tensiones. En este sentido, es muy diferente declamar la infancia y
tratar con ella, sólo cuando franqueamos nuestra relación con los chicos podremos
franquearlos con su literatura.
Pero ¿qué es lo infantil?
Hoy todo el mundo habla de la infancia pero durante muchísimos años la cultura occidental
se desentendió de los chicos ya que muchos niños morían con frecuencia y parecía no
pasar nada. A partir del siglo XVIII, se empezó a hablar de infancia. Hasta entonces habría
,sido insólito que a un escritor se le hubiese ocurrido escribir para los niños. Los chicos
recibían en forma indiscriminada, los mensajes que se cruzaban entre los grandes (entre
estos mensajes estaban esos cuentos “sanguinarios, truculentos y feroces”), esos mensajes
que se cruzaban entre adultos eran en parte incomprensibles y en parte apasionantes,
como siempre es para los chicos todo lo que pertenece al mundo de los grandes.
Hay que admitir que, si bien los grandes tardaron en “descubrir” a los chicos, en cuanto lo
hicieron no tardaron en interesarse en ellos, y de la indiscriminación se pasó a una
especialización cada vez mayor: una habitación para los chicos, la industria del juguete, el
jardín de infantes, muebles diminutos, ropa apropiada, la literatura deliberada, en lo infantil.
Con el tiempo se fue sabiendo más y más acerca de los chicos. Su evolución, sus etapas,
sus necesidades, su psicología… Fue la época de oro de los pedagogos. Casi todos ellos
compartían la opinión generalizada de que, si la literatura era infantil, tenía que adaptarse –
como la ropa, como los juguetes, como el mobiliario—a los parámetros ya establecidos. A
esa época perteneció la condena, primero por mentirosos y por supersticiosos, después por
crueles y por inmorales, de los cuentos tradicionales, cuentos de hadas, ogros y brujas. La
fantasía de esos cuentos no era controlable y debía ser desterrada del mundo infantil.
Entre tanto, la sensatez y el control avanzaban. Era la época de los juguetes didácticos y
también de una literatura “de corral” dentro de la infancia (la “dorada infancia” solía
llamarse al corral). Al niño sometido y protegido a la vez, se lo llamaba “cristal puro” y “rosa
inmaculada” y se consideraba que el deber del adulto era a la vez protegerlo para que no se
quebrara y regarlo para que floreciese.
Con el tiempo se elaboraron reglas muy claras acerca de cómo tenía que ser un cuento
para niños. En pocas palabras, tenía que ser sencillo y absolutamente comprensible, tenía
que estar dirigido a cierta edad y responder a los intereses rigurosamente establecidos para
ella. No podían incluir la crueldad, ni la muerte, ni la sensualidad, ni la historia, porque
pertenecía al mundo de los adultos y no a la “dorada infancia”, eran bestias del otro lado del
corral y había que tenerlas a raya. Era común que esa literatura llamara a su pretendido
interlocutor, el niño ideal, “amiguito”: una manera de ganarse su confianza y, a la vez,
mantenerlo en su lugar.
Fue en esa época de creciente control sobre la infancia cuando empezó a cobrar fuerza la
idea de que la fantasía podía ser peligrosa. Se proponía, como alternativa, una especie de
realismo muy particular y que, con altibajos, sobrevive hasta la actualidad. Aparecieron
cuentos colocados en situaciones cotidianas, semejantes en todo lo visible a las del lector –
cuentos disfrazados de realista–, en los que sin embargo, la realidad era despojada de un
plumazo de todo lo denso, matizado, tenso, dramático, contradictorio, absurdo, doloroso; de
todo lo que podía hacer brotar dudas y cuestionamientos. Así, despojada, lijada, recortada
era ofrecida como la realidad, y el cuento, como cuento realista. Los pedagogos, contentos,
porque el cuento informaba acerca del entorno, “educaba” (fin último de todo lo que rodeaba
a lo infantil) y no se desmadraba por esos oscuros e imprevisibles corredores de la fantasía.
Es curioso, pero los mismos que proponían una literatura realista solían suponer que los
niños vivían en un mundo de ensoñaciones, con poco contacto con el mundo real. Parecían
pensar que al pobre soñador había que fabricarle la realidad ah goc, como una especie de
escenografía, un simulacro para que jugase a la realidad sin asustarse demasiado. A veces,
como privilegio a esa supuesta ensoñación en la que vivían los niños, aparecían en los
,cuentos “sueños”, viajes imaginarios enmarcados dentro de la realidad, que siempre
terminaban cuando el niño se despertaba y la tranquilizadora realidad volvía a ampararlo.
Esa fantasía sueñismo divagante estaba lejos de la fantasía de los cuentos tradicionales
que estaba perfectamente enraizada en las ansiedades, los deseos y los miedos muy reales
y contundentes de los chicos.
El realismo mentiroso y el sueñismo eran dos actitudes perfectamente complementarias:
alternativamente se protegía al niño de las fantasías, cercenándole una de las dimensiones
más creativas de poseía, y se lo exiliaba dentro de ella, alejándolo del mundo de los
adultos. La prueba de la delicada ambigüedad con que los adultos pretenden dosificar
realidad y fantasía en el brebaje que les preparan a los niños radica en el hecho de que tan
“peligrosa” resulta la fantasía desatada como la realidad sin recortes ni maquillajes.
En síntesis, el manejo de la pareja realidad/fantasía le permite al adulto ejercer un tranquilo
y seguro poder sobre los niños. Con esas dos riendas, los adultos no porque sí, sino
seguramente por motivos muy profundos, por viejas tristezas y viejas frustraciones, tal vez
tratando de proteger la propia infancia de toda mirada indiscreta podemos mantener a los
chicos en el corral dorado de la infancia.
El corral protege del lobo que los adultos les inculcaban a los niños, pero a su vez encierra.
Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos controladores, tanto la fantasía descontrolada
la que se atreve a todo, la que se vuelve fácilmente sensual o sangrienta y cruel, como la
realidad se cuelan dentro del corral. Están en los juegos de los chicos donde uno vive,
muere o se salva fantásticamente pero con intensidad muy real, están en los disparates, y
también en algunos libros que burlaron de la vigilancia de los pedagogos (que estaban en
contra de ella) y circularon con sus locas fantasías y sus intensas realidades por todas
partes.
Somos muchos los que, tratando de vincularnos con los chicos más que con la infancia, nos
preguntamos si entre tantos juguetes didácticos, tantos ámbitos controlados y tantos
mensajes deliberados, nuestros chicos podrán encontrar el camino para salir del corral.
Da la sensación de que la literatura infantil está hoy más dispuesta que antes a colaborar en
abrir tranqueras. Algunos controles se han aflojado y a los que escriben para los niños les
está permitido comprometerse con la palabra, es decir, hacer literatura, permitir el
movimiento no dirigido por reglas exteriores de un discurso que se organiza según leyes
propias. Por último, todos estamos más dispuestos a aceptar que en el fondo los chicos y
los grandes no estamos tan apartados como quisieron hacernos creer, y hasta
sospechamos incluso que los chicos también están dentro de nosotros mismos. Es preciso
destacar que durante muchos años los adultos se ocuparon de levantar cercos para detener
la peligrosa fantasía y realidad. Ahora es posible comprobar que el corral se tambalea, y
que tanto los grandes como los chicos nos mezclamos constantemente, ya que todos
creemos que los niños son actores sensibles de la realidad y que los adultos son sensibles
a la fantasía
En tanto, cuando nos encontramos el adulto que somos con el chico que fuimos, la famosa
polémica realidad/fantasía parece quedar atrás.
, No hay como un buen ogro para comprender la infancia: Es verdad que la imagen del
ogro es demasiado fuerte, incómoda, inquietante, drástica, para una época como la nuestra
que no parece muy inclinada a los claroscuros ni a los énfasis, ni a los pronunciamientos.
Hay matices, distintas maneras de vincularse con la infancia, pero primero, necesariamente
está el ogro. Primero está el poder (poder y no poder). Primero está lo desparejo lo que no
puede frente a frente con el que puede, el chico mirándose en el grande. Y en ese terreno
de poder, no hay como un buen ogro para comprender la infancia. Un ogro tan inmenso,
enojado, voraz, pero que al final ama a los niños (la prueba está en que no puede vivir sin
ellos), esto sirve para entender la infancia como minoridad, como entrega confiada y
dependencia.
Las distintas maneras en que cada uno se relaciona con su propia infancia, el modo en que
la repara y reconstruye día a día, termina por dibujar una historia personal. Del mismo
modo, las distintas manera en que se han relacionado los padres con sus hijos en distintos
momentos de la historia de la cultura, la manera en que se plantean los adultos frente a los
niños en una determinada sociedad, las variadas formas que ha ido adoptando esa relación
fundamental, termina por dibujar una historia de la infancia.
La infancia es ambigua, y esa ambigüedad es irremediable. Los niños son personas
asombrosas, deslumbrantes, capaces de ser y dejar de ser al minuto siguiente, son los que
crecen, los que quieren crecer más que nada en el mundo, y dejar de ser lo que son: niños.
Frágiles, entonces, precarios y deseables. Necesitados de aprender y muy capaces de
enseñar. Sensatos e insensatos al mismo tiempo.
LENGUAJE SALVAJE // LENGUAJE OFICIAL
El lenguaje es un punto de encuentro entre los grandes y los chicos. El lenguaje desempeña
un papel privilegiado. Las palabras nombran y al nombrar dan forma. Nombran y al
nombrar, arrastran una carga cultural, un modo de ver, de sentir y manejar el mundo.
Los chicos se adueñan del lenguaje, lo agarran por donde mejor les parece y lo hacen
ingresar a su mundo. En los primeros años de esa nueva experiencia, los recién llegados al
lenguaje exploran las palabras, las violentan, las cargan arbitrariamente con sus propias
experiencias vitales.
El lenguaje de los primeros años resulta caprichoso, personal, intenso, cualquier cosa
menos lenguaje oficial. Hay en él un bello desparpajo. Son palabras salvajes,
incompresibles, que no se dejan atrapar, antipáticas o ridículas. Las palabras no nacen
pegadas a los objetos, se solidarizan con ellos.
Las palabras no tienen un significado único, siempre el mismo, sino que pueden generar un
significado en una situación y otro en otra. Incluso tener varias lecturas y evocar más de un
significado al mismo tiempo. Frente a este lenguaje personalísimo, subjetivo, el lenguaje del
adulto se percibe como más oficial, sobre todo más deshistorizado, desprendido ya de las
situaciones vividas. No porque las palabras no lo exalten o le duelan al adulto. También
para él habrá como para el niño, palabras propiciatorias, tabú y desprestigiadas, pero tal vez
sean las que colectivamente se consideren así.
Poco a poco el lenguaje se va domesticando y se va aprendiendo a decir lo que se
considera ajustado a cada circunstancia. La tensión entre el lenguaje silvestre y el oficial
“EL CORRAL DE LA INFANCIA” – Graciela Montes
REALIDAD Y FANTASÍA – ¿Cómo se construye el corral de la infancia?
En su texto Graciela Montes postula que hay una discordia entre los defensores de la
realidad y los defensores de la fantasía y sostiene que en ellas hay una vieja presencia en
las reflexiones de los pedagogos acerca del niño y lo que a este le conviene. Además
sostiene que hay quienes creen que una de las cosas que menos les convendría a los niños
es precisamente la fantasía - ogros, hadas, brujas, varitas mágicas, seres poderosos,
milagros, animales que hablan, objetos que razonan - objetos de ese tipo deberían ser
expulsados de los cuentos. El ataque es en nombre de la verdad, de la fidelidad a lo real, de
lo razonable.
Junto con Rousseau, se agregó la psicología positivista (año 50) ambos creían que con los
cuentos sanguinarios y feroces que leían los niños, se aumentaba la criminalidad en
tiempos de guerra y en tiempos de paz. Además en 1978 durante la dictadura militar, un
decreto prohibió la circulación de la Torre de Cubos de Laura Devetach, considerándola
como un exceso de imaginación, e ilimitada fantasía. En fin todos estos, consideraban
peligrosa a la fantasía porque estaba fuera de control y no se sabía a dónde podía llevar.
En esta oposición entre realidad y fantasía, se esconden mecanismos ideológicos de
revelación y ocultamiento que les servían a los adultos para domesticar y someter a los
niños. En tanto la literatura infantil no es ninguna especie de bicho raro ya que es un campo
aparentemente inocente y marginal donde sin embargo, se libran algunos conflictos más
duros y reveladores de nuestra cultura. De a modo que hacer pie en la literatura infantil
puede ser un buen modo de ingresar a esos mecanismos secretos.
Literatura infantil, merece el nombre que tiene, si es literatura, entonces es un universo de
palabras que sobre todo se alude a sí mismo y alude, simbólicamente, a todo lo demás.
Pero ¿cuáles son las huellas que deja? ¿Y quién es el que deja marcas, el niño al que el
texto busca como lector, o más bien el adulto en el que se originó el mensaje? En realidad,
basta seguir mirando para darse cuenta de que todo lo que los grandes hacen en torno de
la literatura infantil (no sólo cuando la escriben, sino también cuando la editan, la
recomiendan, la compra) tiene que ver no tanto con los chicos como con la idea que
nosotros los adultos tenemos de los niños, con nuestra imagen ideal de la infancia. La
relación entre los grandes y los chicos es una región difícil y escarpada, de a ratos oscura,
donde soplan vientos y tensiones. En este sentido, es muy diferente declamar la infancia y
tratar con ella, sólo cuando franqueamos nuestra relación con los chicos podremos
franquearlos con su literatura.
Pero ¿qué es lo infantil?
Hoy todo el mundo habla de la infancia pero durante muchísimos años la cultura occidental
se desentendió de los chicos ya que muchos niños morían con frecuencia y parecía no
pasar nada. A partir del siglo XVIII, se empezó a hablar de infancia. Hasta entonces habría
,sido insólito que a un escritor se le hubiese ocurrido escribir para los niños. Los chicos
recibían en forma indiscriminada, los mensajes que se cruzaban entre los grandes (entre
estos mensajes estaban esos cuentos “sanguinarios, truculentos y feroces”), esos mensajes
que se cruzaban entre adultos eran en parte incomprensibles y en parte apasionantes,
como siempre es para los chicos todo lo que pertenece al mundo de los grandes.
Hay que admitir que, si bien los grandes tardaron en “descubrir” a los chicos, en cuanto lo
hicieron no tardaron en interesarse en ellos, y de la indiscriminación se pasó a una
especialización cada vez mayor: una habitación para los chicos, la industria del juguete, el
jardín de infantes, muebles diminutos, ropa apropiada, la literatura deliberada, en lo infantil.
Con el tiempo se fue sabiendo más y más acerca de los chicos. Su evolución, sus etapas,
sus necesidades, su psicología… Fue la época de oro de los pedagogos. Casi todos ellos
compartían la opinión generalizada de que, si la literatura era infantil, tenía que adaptarse –
como la ropa, como los juguetes, como el mobiliario—a los parámetros ya establecidos. A
esa época perteneció la condena, primero por mentirosos y por supersticiosos, después por
crueles y por inmorales, de los cuentos tradicionales, cuentos de hadas, ogros y brujas. La
fantasía de esos cuentos no era controlable y debía ser desterrada del mundo infantil.
Entre tanto, la sensatez y el control avanzaban. Era la época de los juguetes didácticos y
también de una literatura “de corral” dentro de la infancia (la “dorada infancia” solía
llamarse al corral). Al niño sometido y protegido a la vez, se lo llamaba “cristal puro” y “rosa
inmaculada” y se consideraba que el deber del adulto era a la vez protegerlo para que no se
quebrara y regarlo para que floreciese.
Con el tiempo se elaboraron reglas muy claras acerca de cómo tenía que ser un cuento
para niños. En pocas palabras, tenía que ser sencillo y absolutamente comprensible, tenía
que estar dirigido a cierta edad y responder a los intereses rigurosamente establecidos para
ella. No podían incluir la crueldad, ni la muerte, ni la sensualidad, ni la historia, porque
pertenecía al mundo de los adultos y no a la “dorada infancia”, eran bestias del otro lado del
corral y había que tenerlas a raya. Era común que esa literatura llamara a su pretendido
interlocutor, el niño ideal, “amiguito”: una manera de ganarse su confianza y, a la vez,
mantenerlo en su lugar.
Fue en esa época de creciente control sobre la infancia cuando empezó a cobrar fuerza la
idea de que la fantasía podía ser peligrosa. Se proponía, como alternativa, una especie de
realismo muy particular y que, con altibajos, sobrevive hasta la actualidad. Aparecieron
cuentos colocados en situaciones cotidianas, semejantes en todo lo visible a las del lector –
cuentos disfrazados de realista–, en los que sin embargo, la realidad era despojada de un
plumazo de todo lo denso, matizado, tenso, dramático, contradictorio, absurdo, doloroso; de
todo lo que podía hacer brotar dudas y cuestionamientos. Así, despojada, lijada, recortada
era ofrecida como la realidad, y el cuento, como cuento realista. Los pedagogos, contentos,
porque el cuento informaba acerca del entorno, “educaba” (fin último de todo lo que rodeaba
a lo infantil) y no se desmadraba por esos oscuros e imprevisibles corredores de la fantasía.
Es curioso, pero los mismos que proponían una literatura realista solían suponer que los
niños vivían en un mundo de ensoñaciones, con poco contacto con el mundo real. Parecían
pensar que al pobre soñador había que fabricarle la realidad ah goc, como una especie de
escenografía, un simulacro para que jugase a la realidad sin asustarse demasiado. A veces,
como privilegio a esa supuesta ensoñación en la que vivían los niños, aparecían en los
,cuentos “sueños”, viajes imaginarios enmarcados dentro de la realidad, que siempre
terminaban cuando el niño se despertaba y la tranquilizadora realidad volvía a ampararlo.
Esa fantasía sueñismo divagante estaba lejos de la fantasía de los cuentos tradicionales
que estaba perfectamente enraizada en las ansiedades, los deseos y los miedos muy reales
y contundentes de los chicos.
El realismo mentiroso y el sueñismo eran dos actitudes perfectamente complementarias:
alternativamente se protegía al niño de las fantasías, cercenándole una de las dimensiones
más creativas de poseía, y se lo exiliaba dentro de ella, alejándolo del mundo de los
adultos. La prueba de la delicada ambigüedad con que los adultos pretenden dosificar
realidad y fantasía en el brebaje que les preparan a los niños radica en el hecho de que tan
“peligrosa” resulta la fantasía desatada como la realidad sin recortes ni maquillajes.
En síntesis, el manejo de la pareja realidad/fantasía le permite al adulto ejercer un tranquilo
y seguro poder sobre los niños. Con esas dos riendas, los adultos no porque sí, sino
seguramente por motivos muy profundos, por viejas tristezas y viejas frustraciones, tal vez
tratando de proteger la propia infancia de toda mirada indiscreta podemos mantener a los
chicos en el corral dorado de la infancia.
El corral protege del lobo que los adultos les inculcaban a los niños, pero a su vez encierra.
Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos controladores, tanto la fantasía descontrolada
la que se atreve a todo, la que se vuelve fácilmente sensual o sangrienta y cruel, como la
realidad se cuelan dentro del corral. Están en los juegos de los chicos donde uno vive,
muere o se salva fantásticamente pero con intensidad muy real, están en los disparates, y
también en algunos libros que burlaron de la vigilancia de los pedagogos (que estaban en
contra de ella) y circularon con sus locas fantasías y sus intensas realidades por todas
partes.
Somos muchos los que, tratando de vincularnos con los chicos más que con la infancia, nos
preguntamos si entre tantos juguetes didácticos, tantos ámbitos controlados y tantos
mensajes deliberados, nuestros chicos podrán encontrar el camino para salir del corral.
Da la sensación de que la literatura infantil está hoy más dispuesta que antes a colaborar en
abrir tranqueras. Algunos controles se han aflojado y a los que escriben para los niños les
está permitido comprometerse con la palabra, es decir, hacer literatura, permitir el
movimiento no dirigido por reglas exteriores de un discurso que se organiza según leyes
propias. Por último, todos estamos más dispuestos a aceptar que en el fondo los chicos y
los grandes no estamos tan apartados como quisieron hacernos creer, y hasta
sospechamos incluso que los chicos también están dentro de nosotros mismos. Es preciso
destacar que durante muchos años los adultos se ocuparon de levantar cercos para detener
la peligrosa fantasía y realidad. Ahora es posible comprobar que el corral se tambalea, y
que tanto los grandes como los chicos nos mezclamos constantemente, ya que todos
creemos que los niños son actores sensibles de la realidad y que los adultos son sensibles
a la fantasía
En tanto, cuando nos encontramos el adulto que somos con el chico que fuimos, la famosa
polémica realidad/fantasía parece quedar atrás.
, No hay como un buen ogro para comprender la infancia: Es verdad que la imagen del
ogro es demasiado fuerte, incómoda, inquietante, drástica, para una época como la nuestra
que no parece muy inclinada a los claroscuros ni a los énfasis, ni a los pronunciamientos.
Hay matices, distintas maneras de vincularse con la infancia, pero primero, necesariamente
está el ogro. Primero está el poder (poder y no poder). Primero está lo desparejo lo que no
puede frente a frente con el que puede, el chico mirándose en el grande. Y en ese terreno
de poder, no hay como un buen ogro para comprender la infancia. Un ogro tan inmenso,
enojado, voraz, pero que al final ama a los niños (la prueba está en que no puede vivir sin
ellos), esto sirve para entender la infancia como minoridad, como entrega confiada y
dependencia.
Las distintas maneras en que cada uno se relaciona con su propia infancia, el modo en que
la repara y reconstruye día a día, termina por dibujar una historia personal. Del mismo
modo, las distintas manera en que se han relacionado los padres con sus hijos en distintos
momentos de la historia de la cultura, la manera en que se plantean los adultos frente a los
niños en una determinada sociedad, las variadas formas que ha ido adoptando esa relación
fundamental, termina por dibujar una historia de la infancia.
La infancia es ambigua, y esa ambigüedad es irremediable. Los niños son personas
asombrosas, deslumbrantes, capaces de ser y dejar de ser al minuto siguiente, son los que
crecen, los que quieren crecer más que nada en el mundo, y dejar de ser lo que son: niños.
Frágiles, entonces, precarios y deseables. Necesitados de aprender y muy capaces de
enseñar. Sensatos e insensatos al mismo tiempo.
LENGUAJE SALVAJE // LENGUAJE OFICIAL
El lenguaje es un punto de encuentro entre los grandes y los chicos. El lenguaje desempeña
un papel privilegiado. Las palabras nombran y al nombrar dan forma. Nombran y al
nombrar, arrastran una carga cultural, un modo de ver, de sentir y manejar el mundo.
Los chicos se adueñan del lenguaje, lo agarran por donde mejor les parece y lo hacen
ingresar a su mundo. En los primeros años de esa nueva experiencia, los recién llegados al
lenguaje exploran las palabras, las violentan, las cargan arbitrariamente con sus propias
experiencias vitales.
El lenguaje de los primeros años resulta caprichoso, personal, intenso, cualquier cosa
menos lenguaje oficial. Hay en él un bello desparpajo. Son palabras salvajes,
incompresibles, que no se dejan atrapar, antipáticas o ridículas. Las palabras no nacen
pegadas a los objetos, se solidarizan con ellos.
Las palabras no tienen un significado único, siempre el mismo, sino que pueden generar un
significado en una situación y otro en otra. Incluso tener varias lecturas y evocar más de un
significado al mismo tiempo. Frente a este lenguaje personalísimo, subjetivo, el lenguaje del
adulto se percibe como más oficial, sobre todo más deshistorizado, desprendido ya de las
situaciones vividas. No porque las palabras no lo exalten o le duelan al adulto. También
para él habrá como para el niño, palabras propiciatorias, tabú y desprestigiadas, pero tal vez
sean las que colectivamente se consideren así.
Poco a poco el lenguaje se va domesticando y se va aprendiendo a decir lo que se
considera ajustado a cada circunstancia. La tensión entre el lenguaje silvestre y el oficial