Facultad de Arquitectura y Urbanismo
Materia: Historia
Profesor: Max Ovalle
Alumnas: María Gabriela de Laurentis
María Fernanda Nogueira
La historia del arte, especialmente de la arquitectura, ha sido testigo de
rivalidades que han enriquecido, a la vez que polarizado, el panorama artístico.
Un ejemplo paradigmático de esta dinámica se encuentra en la Roma barroca,
donde dos gigantes de la creación, Gian Lorenzo Bernini y Francesco
Borromini, forjaron una relación compleja y marcaron un antes y un después en
la arquitectura de la ciudad. Ambos, nacidos con apenas un año de diferencia a
finales del siglo XVI, se convirtieron en los principales artífices de la
transformación de Roma en una joya barroca, colaborando en proyectos
emblemáticos como la Basílica de San Pedro y el Palacio Barberini. Sin
embargo, fue precisamente la dualidad que representaban, con sus estilos tan
diferentes como complementarios y sus personalidades, marcadas por una
rivalidad que trascendió lo profesional, lo que impulso y definió la riqueza y la
complejidad del barroco romano.
Nacieron en extremos opuestos de la península italiana. Bernini, nacido al sur,
en Nápoles en un ambiente privilegiado, contaba con una sólida formación
escultórica, gracias a su padre, también escultor, quien estuvo orgullosamente
comprometido con la promoción de su hijo, transigiéndole además su habilidad
para relacionarse, todo esto en conjunto con su talento innato lo convirtieron en
el favorito de la corte papal. Esta posición le permitió construir una amplia red
de contactos obteniendo numerosos encargos y beneficios, al punto de liderar
un gran taller, consolidando su fama y éxito. Su estilo, marcado por el
dinamismo, la teatralidad y la monumentalidad, se manifiesta en obras como la
Plaza de San Pedro y la Fontana de los Cuatro Ríos.
Borromini, oriundo de la localidad lombarda de Bissone, un pueblo al norte de
Italia, actualmente perteneciente a Suiza, era un hombre de carácter reservado
y solitario, decididamente más austero, religioso hasta la castidad y muy poco
inclinado a los rituales sociales. Su formación como cantero le proporcionó una
profunda comprensión de la construcción, la geometría y en el manejo de los
materiales, lo que lo llevo a desarrollar una gran maestría técnica. Su
arquitectura, de un espíritu más introspectivo, se caracteriza por la innovación
formal y espacial, buscando crear experiencias sensoriales únicas, con
espacios interiores que buscaban transmitir una sensación de recogimiento y
espiritualidad, como se aprecia en la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane,
un testimonio de su genio creativo.
Está dicotomía se hizo evidente desde sus primeros proyectos en conjunto,
tanto en sus obras como en su relación con el poder. El “Baldaquino de San
Pedro”. A pesar de la contribución esencial de Borromini, fue Bernini quien se
llevó todo el mérito. Esta situación generó resentimiento en Borromini,
marcando el inicio de una rivalidad que se prolongaría a lo largo de sus