Philippe Hamon - Para un estatuto semiológico del personaje.
Las tipologías literarias más elaboradas se fundan siempre en una teoría más o
menos explicitada del personaje. El modelo psicológico y el modelo dramático sigue
predominando donde se confunden perpetuamente las nociones de persona y
personaje. Va de suyo que una concepción del personaje no puede ser independiente
de una concepción general de la persona, del sujeto, del individuo.
Una de las primeras tareas de una teoría literaria rigurosa (funcional e inmanente)
sería entonces, sin querer por ello "reemplazar" las aproximaciones tradicionales a la
cuestión, hacer preceder toda exégesis o todo comentario por un estado descriptivo
que se desplazaría hacía el interior de una estricta problemática sociológica ( o
semiótica, como se quiera). Pero considerar a priori al personaje como un signo, es
decir, elegir un "punto de vista" que construye este objeto intengrándolo al mensaje
definido como una comunicación, como compuesto de signos lingüísticos implicará
que el análisis permanezca homogéneo en relación a su proyecto y acepte todas las
consecuencias metodológicas que implica. Evidentemente, es probable que una
semiología del personaje incluya los problemas y los límites actuales de la semiología.
Solamente dentro de este cuadro podría ser propuesta una teoría del personaje.
Noción de personaje
- NO es una noción exclusivamente literaria.
- NO es una noción exclusivamente antropomorfas.
- NO está ligado a un sistema semiótico (sobre todo lingüístico) exclusivo.
- Es tanto una reconstrucción del lector como una constricción del texto (el
efecto personaje no es quizás más que un caso particular de actividad de la
lectura).
Para que un fenómeno corresponda a una semiología, es necesario que éste:
1. Entre un proceso intencional y reversible de comunicación.
2. Manipule una pequeña cantidad (finita) de unidades distintivas de signos.
3. Que sus modalidades de ensamblaje y de combinación sean definidas por una
pequeña cantidad (finita) de reglas (sintaxis).
4. Independientemente de la infinidad y de la complejidad de los mensajes
producidos o productibles.
Una lengua (natural o artificial) responde a estas cuatro condiciones. Una teoría del
personaje (integrada en el seno de una lingüística del discurso) deberá sin duda
elaborar, además, otros tipos de "unidades" (secuencia, sintagma narrativo, texto,
actante…). La gran diferencia que existe entre un dominio como la literatura, en el
caso de la obra literaria, código y mensaje coinciden: cada obra particular posee su
código original propio, su propia "gramática" que rige la combinabilidad de unidades
desprovistas de dimensiones y de valores idiolectales específicos.
La delimitación de un campo específico (semiológico) del estudio del personaje y de la
construcción de un metalenguaje adecuado y homogéneo sobre el problema.
Tres tipos de signos:
, 1. Los signos que remiten a una realidad del mundo exterior o a un concepto. Se
los puede llamar referenciales. Todos hacen referencia a un saber
institucionalizado o a un objeto concreto aprendido. Se reconoce tales signos,
son definidos por el diccionario.
2. Los signos que remiten a una instancia de enunciación, signos de contenido
"flotante" que adquieren sentido en relación a una situación concreta de
discurso (aquí y ahora), en relación a un acto histórico de habla determinado
por la contemporaneidad de sus componentes (yo/ tú/ aquí/ mañana/ esto…).
Son los “circunstanciales egocéntricos” de Russell, los “deícticos” o los
“embragues de Jakobson, no definidos “semánticamente” por el diccionario.
3. Los signos que remiten a un signo es disyunción con el mismo enunciado,
próximo o lejano, sea antecedente de la cadena hablada -o escrita-, sea
posterior. Su función es esencialmente cohesiva, sustitutiva y económica.
Anafóricos (el nombre propio y el artículo en algunos de sus empleos). Su
contenido, también flotante y variable, es únicamente función del contexto al
que remiten.
4. Un categoría de personajes-referenciales: Todos remiten a un sentido pleno y
fijo, inmovilizado por una cultura, a roles, programas y empleos estereotipados,
y su legibilidad depende directamente del grado de participación del lector en
esa cultura ( deben ser aprendidos y reconocidos).
5. Una categoría de personajes-shifters. Son las marcas de la presencia del autor
en el texto, del lector, o de sus delegados. Personajes de pintores, de
escritores, de narradores, de charlatanes, de artistas, etc. El problema de su
detección será a veces difícil.
6. Una categoría de personajes-anáforas: Los personajes tejen en el enunciado
una red de llamadas y evocaciones a segmentos de enunciados en disyunción
de longitud variable; elementos de función esencialmente organizadora y
cohesiva, son de alguna manera signo mnemotécnicos del lector; personajes
de predicadores, personajes dotados de memoria, personajes que siembras o
interpretan indicios. etc.
Un personajes puede formar parte, simultánea o alternativamente, de varias de estas
tres categorías sumarias: toda unidad se caracteriza por su polivalencia funcional en
contexto. Por su recurrencia, por su remisión perpetua a una información ya dicha, por
la red de oposiciones y de semejanzas que los liga, todos los personajes de un
enunciado tendrán, en consecuencia, permanentemente esta función anafórica
(económica, sustitutiva, cohesiva, mnemotécnica).
En cuanto concepto semiológico, el personaje puede, en una primera aproximación,
definirse como una especia de morfema doblemente articulado, morfema migratorio
manifestado por un significante discontinuo (una cierta cantidad de marcas) que
remiten a un significado discontinuo (el “sentido” o el “valor” del personaje); será
entonces definido por un haz de relaciones de semejanza, de oposición, de jerarquía y
de ordenamiento (su distribución) que contrae, sobre el plano del significante y del
significado, sucesiva y/o simultáneamente, con los otros personajes y elementos de la
obra, tanto en el contexto próximo (los personajes de la misma novela, del a misma
Las tipologías literarias más elaboradas se fundan siempre en una teoría más o
menos explicitada del personaje. El modelo psicológico y el modelo dramático sigue
predominando donde se confunden perpetuamente las nociones de persona y
personaje. Va de suyo que una concepción del personaje no puede ser independiente
de una concepción general de la persona, del sujeto, del individuo.
Una de las primeras tareas de una teoría literaria rigurosa (funcional e inmanente)
sería entonces, sin querer por ello "reemplazar" las aproximaciones tradicionales a la
cuestión, hacer preceder toda exégesis o todo comentario por un estado descriptivo
que se desplazaría hacía el interior de una estricta problemática sociológica ( o
semiótica, como se quiera). Pero considerar a priori al personaje como un signo, es
decir, elegir un "punto de vista" que construye este objeto intengrándolo al mensaje
definido como una comunicación, como compuesto de signos lingüísticos implicará
que el análisis permanezca homogéneo en relación a su proyecto y acepte todas las
consecuencias metodológicas que implica. Evidentemente, es probable que una
semiología del personaje incluya los problemas y los límites actuales de la semiología.
Solamente dentro de este cuadro podría ser propuesta una teoría del personaje.
Noción de personaje
- NO es una noción exclusivamente literaria.
- NO es una noción exclusivamente antropomorfas.
- NO está ligado a un sistema semiótico (sobre todo lingüístico) exclusivo.
- Es tanto una reconstrucción del lector como una constricción del texto (el
efecto personaje no es quizás más que un caso particular de actividad de la
lectura).
Para que un fenómeno corresponda a una semiología, es necesario que éste:
1. Entre un proceso intencional y reversible de comunicación.
2. Manipule una pequeña cantidad (finita) de unidades distintivas de signos.
3. Que sus modalidades de ensamblaje y de combinación sean definidas por una
pequeña cantidad (finita) de reglas (sintaxis).
4. Independientemente de la infinidad y de la complejidad de los mensajes
producidos o productibles.
Una lengua (natural o artificial) responde a estas cuatro condiciones. Una teoría del
personaje (integrada en el seno de una lingüística del discurso) deberá sin duda
elaborar, además, otros tipos de "unidades" (secuencia, sintagma narrativo, texto,
actante…). La gran diferencia que existe entre un dominio como la literatura, en el
caso de la obra literaria, código y mensaje coinciden: cada obra particular posee su
código original propio, su propia "gramática" que rige la combinabilidad de unidades
desprovistas de dimensiones y de valores idiolectales específicos.
La delimitación de un campo específico (semiológico) del estudio del personaje y de la
construcción de un metalenguaje adecuado y homogéneo sobre el problema.
Tres tipos de signos:
, 1. Los signos que remiten a una realidad del mundo exterior o a un concepto. Se
los puede llamar referenciales. Todos hacen referencia a un saber
institucionalizado o a un objeto concreto aprendido. Se reconoce tales signos,
son definidos por el diccionario.
2. Los signos que remiten a una instancia de enunciación, signos de contenido
"flotante" que adquieren sentido en relación a una situación concreta de
discurso (aquí y ahora), en relación a un acto histórico de habla determinado
por la contemporaneidad de sus componentes (yo/ tú/ aquí/ mañana/ esto…).
Son los “circunstanciales egocéntricos” de Russell, los “deícticos” o los
“embragues de Jakobson, no definidos “semánticamente” por el diccionario.
3. Los signos que remiten a un signo es disyunción con el mismo enunciado,
próximo o lejano, sea antecedente de la cadena hablada -o escrita-, sea
posterior. Su función es esencialmente cohesiva, sustitutiva y económica.
Anafóricos (el nombre propio y el artículo en algunos de sus empleos). Su
contenido, también flotante y variable, es únicamente función del contexto al
que remiten.
4. Un categoría de personajes-referenciales: Todos remiten a un sentido pleno y
fijo, inmovilizado por una cultura, a roles, programas y empleos estereotipados,
y su legibilidad depende directamente del grado de participación del lector en
esa cultura ( deben ser aprendidos y reconocidos).
5. Una categoría de personajes-shifters. Son las marcas de la presencia del autor
en el texto, del lector, o de sus delegados. Personajes de pintores, de
escritores, de narradores, de charlatanes, de artistas, etc. El problema de su
detección será a veces difícil.
6. Una categoría de personajes-anáforas: Los personajes tejen en el enunciado
una red de llamadas y evocaciones a segmentos de enunciados en disyunción
de longitud variable; elementos de función esencialmente organizadora y
cohesiva, son de alguna manera signo mnemotécnicos del lector; personajes
de predicadores, personajes dotados de memoria, personajes que siembras o
interpretan indicios. etc.
Un personajes puede formar parte, simultánea o alternativamente, de varias de estas
tres categorías sumarias: toda unidad se caracteriza por su polivalencia funcional en
contexto. Por su recurrencia, por su remisión perpetua a una información ya dicha, por
la red de oposiciones y de semejanzas que los liga, todos los personajes de un
enunciado tendrán, en consecuencia, permanentemente esta función anafórica
(económica, sustitutiva, cohesiva, mnemotécnica).
En cuanto concepto semiológico, el personaje puede, en una primera aproximación,
definirse como una especia de morfema doblemente articulado, morfema migratorio
manifestado por un significante discontinuo (una cierta cantidad de marcas) que
remiten a un significado discontinuo (el “sentido” o el “valor” del personaje); será
entonces definido por un haz de relaciones de semejanza, de oposición, de jerarquía y
de ordenamiento (su distribución) que contrae, sobre el plano del significante y del
significado, sucesiva y/o simultáneamente, con los otros personajes y elementos de la
obra, tanto en el contexto próximo (los personajes de la misma novela, del a misma