Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el mundo presenció la división de dos bloques
opuestos que generó una situación tensa entre Estados Unidos y la Unión Soviética,
aunque no llegó a convertirse en un conflicto armado. Estos dos países combatieron contra
Alemania en la Segunda Guerra Mundial, no obstante, su alianza se empezó a debilitar en
los años 1944 y 1945, en el momento que Iósiv Stalin utilizó el Ejército Rojo con el fin de
dominar parte de Europa Occidental; mientras que el presidente norteamericano Harry S.
Truman, no estuvo a favor de la política de Stalin e intentó que Europa Occidental quede
bajo el mando estadounidense; razón por la cual la confianza en ambas partes se disolvió
cuando rompieron los acuerdos establecidos en la guerra. El líder soviético no cumplió con
el pacto de ejecutar elecciones libres, mientras que Truman incumplió con el compromiso de
mandar indemnizaciones para restaurar la Unión Soviética.
El enfrentamiento inicial entre Estados Unidos y la Unión Soviética terminó por dividir el
mundo en dos bandos, motivados principalmente por ideologías políticas, algo que
terminaría teniendo consecuencias hasta en los países más aislados de estos conflictos.
Por un lado, Europa venía atravesando una dura crisis luego de terminar la Segunda Guerra
Mundial, donde tanto su producción agrícola como sus intercambios comerciales
disminuyeron. La guerra significó el fin de su hegemonía y las grandes potencias europeas
perdieron poder. El continente europeo quedó dividido en dos, Europa Occidental como
parte del bloque liderado por EE.UU. y Europa Oriental bajo influencia de la URSS. Estados
Unidos, a través del Plan Marshall ayuda a Europa a reactivar su economía, brindando
enormes ayudas económicas (1948-1952) para reconstruir las zonas destruidas por la SGM,
eliminar barreras al comercio, modernizar su industria y volver a hacer próspero el
continente. El objetivo principal de EE.UU. era frenar la propagación de la ideología
comunista.
Por otro lado, en las dos primeras décadas del siglo XIX América Latina se encontraba bajo
la influencia de los Estados Unidos, ya que los que gobernaban en ese entonces
consideraban que América Latina tenía características semejantes a Asia y África en
cuestiones económicas (bajo ingreso per cápita y altos índices de pobreza). A partir de lo
mencionado, se realizó un programa que se llamó Alianza para el Progreso que se debió
implementar en diez años. Este consistía en una inversión por parte de Washington; sin
embargo, este programa tuvo muchas controversias, ya que era un arma de doble filo pues
algunos consideraban que era para respaldar a los países menos desarrollados, mientras
que otros creían que en realidad era un premio para los países más alineados en contra de
la expansión comunista. Además, según Pettiná (2018), a través de los años los países
latinoamericanos se han encontrado en la lucha para incorporarse al mundo occidental y
esto se debe indirectamente a la Guerra Fría.
El final de la Guerra Fría llegó con el desmoronamiento de la Unión Soviética y el
comunismo en la mayoría de territorios. Como consecuencia de este conflicto no armado,
Estados Unidos logró posicionarse como la principal potencia mundial. Dicho evento ayudó
a la expansión de la ideología capitalista e impulsó un desarrollo tecnológico en el mundo
como consecuencia de la competencia generada por la carrera armamentista entre estas
naciones. Finalmente, esto demostró cómo la cooperación entre países puede generar el
surgimiento de nuevas economías, alianzas y organizaciones que buscan un fin en común,
así como la competencia entre naciones puede impulsar el desarrollo.