en la trinchera sutil de las interpretaciones” Gregorio Marañón
Uno de los aspectos con mayor relevancia para describir al individuo e incluso
a la sociedad en su conjunto se forma en la dependencia innata del hombre por
categorizar sus pensamientos, como producto de esta relación de ideas y
pensamientos, nacen las interpretaciones como canal mediante el cual
organizar conceptos y realidades.
Sin embargo, pese a que distinguimos entre las supuestas “buenas” y “malas”
interpretaciones a diario, le es prácticamente imposible al observador trazar
una frontera entre aquellas interpretaciones “buenas” y aquellas que parecen
“malas”. Pongamos como ejemplo un caso experimental:
¿Qué pensaríamos si en un manual de Historia el Arte el David de Miguel
Ángel fuese descrito como la representación de alguien que busca a sus
amigos tras salir de fiesta? ¿Podría la Gioconda representar a un hombre
disfrazado de mujer? Es esperable que se levantaran multitud de voces
indignadas ante tales aseveraciones.
Entendemos entonces que el arte, comprendido como forma de domesticar un
trozo de realidad, nos tiende a conducir a interpretaciones cuya aproximación
más fiel a la realidad parece corresponder a la correcta.
Esta forma de comprender el arte, predominante durante la Edad Moderna y
heredera directa del espíritu clásico, a través de los filtros renacentistas,
muestra su transformación o metamorfosis en el siglo XIX, momento en el cual
el arte pasa a desprenderse de cualquier interpretación objetiva. Y comienza a
reflejar los sentimientos de su creador y queda dominada entonces por la
subjetividad.
¿Es posible encontrar unanimidad en la interpretación de la obra escultórica
“Unidades-Yunta”, de Pablo Serrano?
, Entonces, podemos buscar identificar la interpretación correcta de la obra como
aquella que establece el propio autor de esta, corriente predominante durante
el siglo XX. Sin embargo, en el contexto actual, un mundo líquido en el que los
parámetros absolutos no existen y todo se ve caracterizado desde una infinidad
de puntos de vista, se convierte en multidimensional e inabarcable. Podríamos
llegar a la conclusión de que la interpretación de una obra artística no
pertenece al autor, sino que desde el momento en que es producida queda
sometida al escrutinio de la masa, que decidirá la interpretación correcta y
procederá a marginar aquellas que no considere apropiadas al pensamiento
dominante.
Podemos ir más lejos, incluso los rasgos biográficos del artista se incorporan a
su obra, de manera que toda la obra de Picasso pasaría a quedar marcada con
el estigma de machista del autor.
Siguiendo con este planteamiento es posible considerar que la interpretación
correcta de una obra de arte o de un resultado experimental interpretable
depende de lo que la masa como conjunto considera como correcto. Podemos
hablar entonces de una cultura “oficial”, más propia de las élites, con vocación
de trascender y crear paradigmas firmes, así como, de una cultura “popular”,
inmediata y destinada a transformarse continuamente. Además de evolucionar
para no quedar obsoleta con respeto a la cultura “oficial” y así no desaparecer.
Estas dos culturas no se mezclan y por definición tratan de diferenciarse, dado
que provienen de sustratos sociales claramente diferenciables. No obstante,
existen ciertos intercambios entre ambos mundos. Por un lado, la movilidad
social permite un cierto trasvase que concluye con la introducción de pequeñas
matizaciones. Sin embargo, las influencias de mayor calado vienen inducidas
por los poderes políticos, que llegan a aplicar técnicas de marketing o
propaganda para reconducir las interpretaciones de la cultura popular con el
objeto establecer nuevos paradigmas o referentes que les sean propicios.