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Boesten, J. (2016). De violador a marido: La domesticacion de los crimenes de guerra en el Peru. In F.
Denegri, & A. Hibbett (Eds.), Dando cuenta: Llos testimonios de la violencia política en el Perú (1980-2000)
Fondo editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
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Download date: 14. Feb. 2020
, De violador a marido: la domesticación de los crímenes de guerra en el Perú 1
Jelke Boesten
Unos actos con el mismo grado de violencia
pueden diferir bastante en su grado de
legitimidad o justificación, al menos en la mente
de la opinión pública.
(E. J. Hobsbawm, 1969)
I. Introducción
Hasta 1997, en Perú, los violadores que se casaban con su víctima quedaban libres de ser
procesados. Durante los veinte años de conflicto interno entre Sendero Luminoso y las
fuerzas de contrainsurgencia, algunas jóvenes mujeres y sus familias recurrieron a esta ley
para “domesticar” la violación que muchas de ellas sufrieron a manos de soldados del ejército
peruano. La “promesa de casarse” materializada sobre un pedazo de papel (un contrato
firmado por el oficial superior, el perpetrador, la mujer y su familia) significaba que el abuso
sexual proseguiría, aunque ahora con el “consentimiento” de la joven. Aunque la violación
de la población campesina del Perú andino y de los sospechosos de terrorismo fue un acto
sistemático y estratégico alentado desde arriba, las posibles secuelas de dichos actos
quedaban moderadas, normalizadas y domesticadas al incorporarse dichos actos a los códigos
normativos y legales existentes. Sostengo, al examinar los testimonios de mujeres que fueron
prometidas a sus violadores, que la violencia política que tiene lugar durante un conflicto
político a menudo quedará inscrita dentro de los códigos sociales y las normas de género que
1
Esta investigación fue posible gracias a una beca de investigación de la British Academy, que agradezco.
Quisiera extender mi agradecimiento a Ruth Borja por el apoyo archivístico que prestó en el Centro de
Información para la Memoria Colectiva y los Derechos Humanos, que guarda los archivos de la Comisión de
la Verdad y Reconciliación en Lima; a Narda Henríquez y Mercedes Crisóstomo por haber compartido conmigo
sus materiales y sus experiencias como investigadoras de la CVR, así como por las valiosas discusiones que
tuvimos, y a Juana Napurí e Isaac Colca por las transcripciones. Paulo Drinot y Narda Henríquez comentaron
un borrador de este texto, lo que les agradezco.
1
, hacen que dicha violencia resulte aceptable, sea tolerable y a menudo incluso justificable
tanto en la guerra como en la paz.2
Un corpus bibliográfico creciente resalta el papel que las mujeres tienen en la guerra,
y examina la naturaleza de género que la violencia tuvo durante los conflictos políticos y
como parte de sus secuelas (Cockburn 1998; Jacobs et al. 2000; Moser y Clark 2001;
Meintjes et al. 2001; Pankhurst 2003; Moser y McIlwaine 2004). En esta bibliografía el eje
se fue desplazando a lo largo de los años, de la perspectiva de las “víctimas y perpetradores”
a otra más matizada e inclusiva. Los estudios resaltaron el hecho que el papel que las mujeres
tienen en la guerra se extiende más allá de ser víctimas de violaciones y secuestros, o de ser
promotoras de la paz (Moser y Clark 2001). En la guerra peruana, las mujeres fueron
combatientes de Sendero Luminoso y fueron también las primeras en organizar abiertamente
la resistencia contra la violencia, con lo cual fueron tanto “perpetradoras” como “víctimas”
que resistieron a la violencia o participaron en ella. Pero al igual que en cualquier guerra,
ellas también fueron víctimas de violaciones y secuestros.
La naturaleza política y la escala masiva de la violencia sexual infligida a las mujeres
en la guerra recibieron, como era debido, la creciente atención de parte de investigadores,
activistas de los derechos humanos, comisiones de la verdad y tribunales internacionales. La
violación es reconocida como una estrategia de guerra, esto es como un acto político que a
menudo tiene metas sumamente concretas: perturbar la estructura de la comunidad,
“feminizar” a los hombres, cambiar la conformación étnica de una sociedad, crear un estado
de temor y silencio, y demostrar un control total sobre una comunidad (Nordstrom 1994;
Hague 1997; Yuval-Davis 1997). Hoy en día se entiende que las violaciones llevadas a cabo
a una escala masiva y a menudo en público, quiebran las estructuras socioculturales
existentes (Sideris 2001: 147). Debido a tales consideraciones, durante la década de 1990 la
violencia sexual fue incluida en las definiciones dadas de la tortura, los abusos contra los
derechos humanos y los crímenes contra la humanidad (CVR, Vol. VI, 2003). Los tribunales
internacionales constituidos para Yugoslavia y Ruanda fueron los primeros que juzgaron la
violación dentro de tales marcos del derecho internacional, con lo que contribuyeron a que
2
Tal como irá quedando claro a lo largo del artículo, no estoy sugiriendo que esta conexión borre la violenta
especificidad política de la violación en tiempos de guerra, ni tampoco estoy sugiriendo que lo que le sucedió
a las mujeres peruanas durante los años de guerra pueda ser normalizado debido a los vínculos existentes con
los marcos sociales de tiempos de paz.
2
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Fondo editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
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Jelke Boesten
Unos actos con el mismo grado de violencia
pueden diferir bastante en su grado de
legitimidad o justificación, al menos en la mente
de la opinión pública.
(E. J. Hobsbawm, 1969)
I. Introducción
Hasta 1997, en Perú, los violadores que se casaban con su víctima quedaban libres de ser
procesados. Durante los veinte años de conflicto interno entre Sendero Luminoso y las
fuerzas de contrainsurgencia, algunas jóvenes mujeres y sus familias recurrieron a esta ley
para “domesticar” la violación que muchas de ellas sufrieron a manos de soldados del ejército
peruano. La “promesa de casarse” materializada sobre un pedazo de papel (un contrato
firmado por el oficial superior, el perpetrador, la mujer y su familia) significaba que el abuso
sexual proseguiría, aunque ahora con el “consentimiento” de la joven. Aunque la violación
de la población campesina del Perú andino y de los sospechosos de terrorismo fue un acto
sistemático y estratégico alentado desde arriba, las posibles secuelas de dichos actos
quedaban moderadas, normalizadas y domesticadas al incorporarse dichos actos a los códigos
normativos y legales existentes. Sostengo, al examinar los testimonios de mujeres que fueron
prometidas a sus violadores, que la violencia política que tiene lugar durante un conflicto
político a menudo quedará inscrita dentro de los códigos sociales y las normas de género que
1
Esta investigación fue posible gracias a una beca de investigación de la British Academy, que agradezco.
Quisiera extender mi agradecimiento a Ruth Borja por el apoyo archivístico que prestó en el Centro de
Información para la Memoria Colectiva y los Derechos Humanos, que guarda los archivos de la Comisión de
la Verdad y Reconciliación en Lima; a Narda Henríquez y Mercedes Crisóstomo por haber compartido conmigo
sus materiales y sus experiencias como investigadoras de la CVR, así como por las valiosas discusiones que
tuvimos, y a Juana Napurí e Isaac Colca por las transcripciones. Paulo Drinot y Narda Henríquez comentaron
un borrador de este texto, lo que les agradezco.
1
, hacen que dicha violencia resulte aceptable, sea tolerable y a menudo incluso justificable
tanto en la guerra como en la paz.2
Un corpus bibliográfico creciente resalta el papel que las mujeres tienen en la guerra,
y examina la naturaleza de género que la violencia tuvo durante los conflictos políticos y
como parte de sus secuelas (Cockburn 1998; Jacobs et al. 2000; Moser y Clark 2001;
Meintjes et al. 2001; Pankhurst 2003; Moser y McIlwaine 2004). En esta bibliografía el eje
se fue desplazando a lo largo de los años, de la perspectiva de las “víctimas y perpetradores”
a otra más matizada e inclusiva. Los estudios resaltaron el hecho que el papel que las mujeres
tienen en la guerra se extiende más allá de ser víctimas de violaciones y secuestros, o de ser
promotoras de la paz (Moser y Clark 2001). En la guerra peruana, las mujeres fueron
combatientes de Sendero Luminoso y fueron también las primeras en organizar abiertamente
la resistencia contra la violencia, con lo cual fueron tanto “perpetradoras” como “víctimas”
que resistieron a la violencia o participaron en ella. Pero al igual que en cualquier guerra,
ellas también fueron víctimas de violaciones y secuestros.
La naturaleza política y la escala masiva de la violencia sexual infligida a las mujeres
en la guerra recibieron, como era debido, la creciente atención de parte de investigadores,
activistas de los derechos humanos, comisiones de la verdad y tribunales internacionales. La
violación es reconocida como una estrategia de guerra, esto es como un acto político que a
menudo tiene metas sumamente concretas: perturbar la estructura de la comunidad,
“feminizar” a los hombres, cambiar la conformación étnica de una sociedad, crear un estado
de temor y silencio, y demostrar un control total sobre una comunidad (Nordstrom 1994;
Hague 1997; Yuval-Davis 1997). Hoy en día se entiende que las violaciones llevadas a cabo
a una escala masiva y a menudo en público, quiebran las estructuras socioculturales
existentes (Sideris 2001: 147). Debido a tales consideraciones, durante la década de 1990 la
violencia sexual fue incluida en las definiciones dadas de la tortura, los abusos contra los
derechos humanos y los crímenes contra la humanidad (CVR, Vol. VI, 2003). Los tribunales
internacionales constituidos para Yugoslavia y Ruanda fueron los primeros que juzgaron la
violación dentro de tales marcos del derecho internacional, con lo que contribuyeron a que
2
Tal como irá quedando claro a lo largo del artículo, no estoy sugiriendo que esta conexión borre la violenta
especificidad política de la violación en tiempos de guerra, ni tampoco estoy sugiriendo que lo que le sucedió
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los marcos sociales de tiempos de paz.
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