Dos fuentes de autoridad pedagógica
La autoridad del maestro, condición necesaria del aprendizaje, no existe como cualidad innata de un
individuo, sino que se expresa en una relación. Para decirlo con otras palabras, se trata de una
construcción permanente en la que intervienen los dos términos del vínculo –el docente y sus
alumnos–, y que varía según los contextos y las épocas.
¿de dónde proviene la autoridad del maestro? ¿Por qué algunos tienen más
reconocimiento, aceptación y credibilidad que otros? ¿Por qué mientras algunos
poseen el don de “hacer ver y hacer creer” e incluso de seducir, otros ni siquiera
logran que sus alumnos los escuchen?
La sociología clásica nos enseñó que la legitimidad del docente surge de dos
fuentes. Una es personal y depende de características particulares del individuo, que sin
embargo se “activan” cuando son percibidas y reconocidas como tales por otros sujetos
en una relación social. Más precisamente, debería decirse que, en determinadas
circunstancias, ciertos individuos están predispuestos a creer y confiar en ciertas
cualidades de otros (los “más viejos”, los “que tienen títulos”, etcétera). No obstante, lo
que está en juego es una creencia y no un dato natural. De hecho, en algunos contextos
“ser viejo” es un descrédito para quienes asocian la edad avanzada a la “obsolescencia”
o el “atraso”, cuando no a la pura y simple inutilidad.
Por otro lado, en el origen de los sistemas educativos modernos, la autoridad del maestro se
afirmaba también como una especie de “efecto de institución”. El acto del nombramiento
en un “cargo” o una “cátedra” de la escuela oficial (es decir, reconocida por el Estado para
ejercer la función educadora) generaba esa consecuencia casi mágica: transformaba a una
persona dotada de rasgos más o menos comunes en una persona digna de crédito. Por el
solo hecho de estar allí, con la constancia que lo habilitaba en el bolsillo, frente al curso,
el maestro gozaba ya de un respeto particular. La audiencia y el reconocimiento se daban
por descontados, por lo tanto, no debía hacer muchos esfuerzos para convencer o
seducir. Es cierto que nunca faltaron los defectos de autoridad, los conflictos, los
cuestionamientos de los alumnos. Por otra parte, no todos los docentes recibían el mismo
trato. Algunos eran más escuchados, “creídos”, queridos y respetados que otros. Sin embargo,
en la primera etapa del desarrollo de los sistemas educativos modernos, en general la
autoridad era más un efecto casi automático de la institución que un mérito personal
La autoridad del maestro, condición necesaria del aprendizaje, no existe como cualidad innata de un
individuo, sino que se expresa en una relación. Para decirlo con otras palabras, se trata de una
construcción permanente en la que intervienen los dos términos del vínculo –el docente y sus
alumnos–, y que varía según los contextos y las épocas.
¿de dónde proviene la autoridad del maestro? ¿Por qué algunos tienen más
reconocimiento, aceptación y credibilidad que otros? ¿Por qué mientras algunos
poseen el don de “hacer ver y hacer creer” e incluso de seducir, otros ni siquiera
logran que sus alumnos los escuchen?
La sociología clásica nos enseñó que la legitimidad del docente surge de dos
fuentes. Una es personal y depende de características particulares del individuo, que sin
embargo se “activan” cuando son percibidas y reconocidas como tales por otros sujetos
en una relación social. Más precisamente, debería decirse que, en determinadas
circunstancias, ciertos individuos están predispuestos a creer y confiar en ciertas
cualidades de otros (los “más viejos”, los “que tienen títulos”, etcétera). No obstante, lo
que está en juego es una creencia y no un dato natural. De hecho, en algunos contextos
“ser viejo” es un descrédito para quienes asocian la edad avanzada a la “obsolescencia”
o el “atraso”, cuando no a la pura y simple inutilidad.
Por otro lado, en el origen de los sistemas educativos modernos, la autoridad del maestro se
afirmaba también como una especie de “efecto de institución”. El acto del nombramiento
en un “cargo” o una “cátedra” de la escuela oficial (es decir, reconocida por el Estado para
ejercer la función educadora) generaba esa consecuencia casi mágica: transformaba a una
persona dotada de rasgos más o menos comunes en una persona digna de crédito. Por el
solo hecho de estar allí, con la constancia que lo habilitaba en el bolsillo, frente al curso,
el maestro gozaba ya de un respeto particular. La audiencia y el reconocimiento se daban
por descontados, por lo tanto, no debía hacer muchos esfuerzos para convencer o
seducir. Es cierto que nunca faltaron los defectos de autoridad, los conflictos, los
cuestionamientos de los alumnos. Por otra parte, no todos los docentes recibían el mismo
trato. Algunos eran más escuchados, “creídos”, queridos y respetados que otros. Sin embargo,
en la primera etapa del desarrollo de los sistemas educativos modernos, en general la
autoridad era más un efecto casi automático de la institución que un mérito personal