CELESTE BOULLOSA: LAS INFANCIAS CONTRA-HEGEMÓNICAS EN EL TERROR
POST-DICTADURA
Durante la dictadura militar, la niñez fue convertida en botín de guerra como parte de la
política de secuestros, mientras que a instancias del gobierno, que destacaba los peligros del
espacio público y las virtudes de la privacidad, fue confinada al ámbito familiar. La
legitimidad de las infancias en la obra de Mariana Enríquez es fundamentada mediante la
regresión a estadíos primitivos - ya sea bajo el deseo de incesto y castración, la violencia
intrafamiliar y la desigualdad económica.
A la visibilización del niño como sujeto de derecho se le puede circunscribir un nicho de
mercado: la explosión de los maxikioscos, de las jugueterías y la privatización comercial de
festejos de cumpleaños - el fenómeno del consumo infantil como actor económico racional
termina por diferenciar al niño consumidor y el niño de la calle.
“Desde el crimen, prefería no usar el subterráneo porque no quería encontrarme con el chico
sucio. Y, al mismo tiempo, quería volver a verlo de una manera obsesiva, enfermiza. A pesar
de las fotos, a pesar de las pruebas —incluso de las fotos del cadáver, que un diario había
publicado para falso escándalo y horror del público, que agotó varias ediciones con el chico
decapitado en portada—, yo seguía creyendo que el chico sucio era el muerto.”
El relato “El Chico Sucio” funciona porque su protagonista opera con una visión totalizadora
de la sociedad infantil, abstrayendo de la cultura del consumo una estética moderna de la
infancia. Por ese puede argumentar que es propagandístico que el niño “eructe después de
terminar su vaso de Coca-Cola”. El chico sucio es pensado en relación directa al producto de
consumo y es a través de esta empresa que termina siendo parte del proceso de
hegemonización de identidades infantiles - se sospecha un intersticio atemporal entre
juego/ritual, magia/satanismo, inocencia/maldad e infancia/adultez luego de una ominosa
alusión a San La Muerte, la protagonista insiste en llevarlo a tomar un helado - en esta
interacción el absurdismo se subordina al terror.
En la figura del niño de la calle coexiste una polarización del niño peligroso en niño víctima:
la ambigüedad mediática, como producto de la complejidad de los vínculos
intergeneracionales postdictadura, comercializa la romantización de la tragedia y el mito del
POST-DICTADURA
Durante la dictadura militar, la niñez fue convertida en botín de guerra como parte de la
política de secuestros, mientras que a instancias del gobierno, que destacaba los peligros del
espacio público y las virtudes de la privacidad, fue confinada al ámbito familiar. La
legitimidad de las infancias en la obra de Mariana Enríquez es fundamentada mediante la
regresión a estadíos primitivos - ya sea bajo el deseo de incesto y castración, la violencia
intrafamiliar y la desigualdad económica.
A la visibilización del niño como sujeto de derecho se le puede circunscribir un nicho de
mercado: la explosión de los maxikioscos, de las jugueterías y la privatización comercial de
festejos de cumpleaños - el fenómeno del consumo infantil como actor económico racional
termina por diferenciar al niño consumidor y el niño de la calle.
“Desde el crimen, prefería no usar el subterráneo porque no quería encontrarme con el chico
sucio. Y, al mismo tiempo, quería volver a verlo de una manera obsesiva, enfermiza. A pesar
de las fotos, a pesar de las pruebas —incluso de las fotos del cadáver, que un diario había
publicado para falso escándalo y horror del público, que agotó varias ediciones con el chico
decapitado en portada—, yo seguía creyendo que el chico sucio era el muerto.”
El relato “El Chico Sucio” funciona porque su protagonista opera con una visión totalizadora
de la sociedad infantil, abstrayendo de la cultura del consumo una estética moderna de la
infancia. Por ese puede argumentar que es propagandístico que el niño “eructe después de
terminar su vaso de Coca-Cola”. El chico sucio es pensado en relación directa al producto de
consumo y es a través de esta empresa que termina siendo parte del proceso de
hegemonización de identidades infantiles - se sospecha un intersticio atemporal entre
juego/ritual, magia/satanismo, inocencia/maldad e infancia/adultez luego de una ominosa
alusión a San La Muerte, la protagonista insiste en llevarlo a tomar un helado - en esta
interacción el absurdismo se subordina al terror.
En la figura del niño de la calle coexiste una polarización del niño peligroso en niño víctima:
la ambigüedad mediática, como producto de la complejidad de los vínculos
intergeneracionales postdictadura, comercializa la romantización de la tragedia y el mito del