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Texto Obligatorio Teorico Descartes

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CAPÍTULO VIII

EL RACIONALISMO. DESCARTES



1. La nueva época y la crítica al pensamiento medieval


El primer período de los tiempos modernos, el Renacimiento -grosso modo, los
siglos XV y XVI- se caracteriza ante todo por ser una época de crítica al pasado
inmediato, es decir, a la Edad Media. En efecto, el Renacimiento indica el momento en
que el hombre occidental se ha desembarazado de la confianza en las creencias
fundamentales sobre las que había vivido el mundo medieval. Para señalar un único
aspecto de la cuestión, de por sí solo suficientemente revelador, baste indicar que lo
característico de la concepción medieval del mundo residía en su constante referencia al
más allá, en su interés dominante por la salvación de! hombre (cf. Cap. VII, § 3), lo cual
llevaba consigo un cierto desprecio, o, por lo menos, descuido, hacia este mundo terreno;
se trata, diríamos (simplificando mucho, naturalmente, porque toda época histórica
encierra multitud de fenómenos y matices), de una concepción religiosa del mundo y de la
vida, centrada o dirigida, pues, hacia la divinidad (teocentrismo) -se señaló (cf. Cap. VII, §
7) cómo la obra intelectual más perfecta de la Edad Media, la Suma teológica, gira toda
ella en torno de Dios. El Renacimiento, en cambio, vuelve su mirada hacia este mundo,
hacia la naturaleza (naturalismo). Para advertirlo no hay más que pensar en el amplio
desarrollo que a partir de entonces ganan las ciencias de la naturaleza, como, por
ejemplo, la anatomía humana con la obra de Vesalio (1543). O bien puede compararse el
arte medieval con el renacentista para que el contraste salte inmediatamente a los ojos,
no sólo por lo que se refiere a los temas, sino sobre todo por el tratamiento de los
mismos: obsérvese solamente la importancia que la nueva época concede al cuerpo
humano, en el que se deleita morosamente, en tanto el artista del Medioevo lo olvidaba
tras los ropajes que ocultaban su forma, para prestar atención casi tan sólo a la expresión
del rostro. Por oposición al carácter religioso de la época anterior, la del Renacimiento es
una concepción del mundo esencialmente profana.
Pero si bien en el plano artístico y literario, y, en general, en el terreno de la vida
inmediata, el hombre renacentista pisa suelo nuevo y desenvuelve con decisión nuevas
formas de existencia (política, social, económica, moral), no ocurre lo mismo desde el
punto de vista filosófico y científico. Es cierto que el Renacimiento es la época de
Copérnico, y que la ciencia realiza ya notables avances; pero la verdad es que ciencia y
filosofía -que van a estar muy estrechamente ligadas hasta fines del siglo XVIII- sólo
cobran auténtico vigor y originalidad, al fundamentarse sobre bases esencialmente
nuevas, con el siglo XVII, que representa la madurez de la Edad Moderna: el siglo de
Descartes y Bacon, de Spinoza y Hobbes, de Galileo, Kepler y Leibniz. El Renacimiento
es casi estéril desde el punto de vista filosófico; el mismo carácter arrebatado, febril,
agitado, de la vida renacentista lo explica; es una época de crisis (cf. Cap. IV, § 2), no sólo
de crítica al pasado inmediato. Las viejas creencias están prácticamente muertas y urge
reemplazarlas -y, de alguna manera, se las reemplaza en la vida activa y en las imágenes
que el arte elabora, pero no se consigue llevar al plano del concepto la nueva intuición del
mundo que se agita, más o menos informe, detrás de esa vida y ese arte. Quizás

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,exagerando podría decirse que, sobre todo en lo que se refiere a la actividad filosófica, el
Renacimiento en buena medida es época de fracasos. La época tiene clara conciencia de
que los contenidos y modos del saber medieval son insuficientes, los critica y rechaza,
pero por su cuenta no es capaz de inaugurar nuevos caminos; es en este campo una
época de ensayos y tanteos, de búsquedas infructuosas, de confusión y fermento, no de
logros firmes y sólidos. De allí que unas veces intente renovar la antigüedad, reeditar los
pensadores antiguos (neoplatonismo), o tienda en otras ocasiones a precipitarse en el
escepticismo: Sánchez (1551-1623), Montaigne (1533-1592). En una palabra, entonces,
es época de transición, especie de preparación de lo que luego advendrá con el siglo
XVII.


2. El problema del método


El Renacimiento, y luego el siglo XVII, sintieron el problema fundamentalmente
como cuestión concerniente al método de la filosofía y de la ciencia. Por ello su crítica al
saber medieval la centran en este tema: el método de conocimiento dominante en la Edad
Media -sobre todo, tal como los hombres modernos la ven, a través de las formas más
decadentes de la escolástica- es un método inútil, ineficaz, que impide cualquier progreso
científico. Por tanto, es preciso formularse dos preguntas: primero, cuáles son las fallas
del método criticado, y segundo, qué ofrece la Edad Moderna en su reemplazo. De lo
segundo nos ocuparemos al exponer a Descartes; pero antes se dirá unas pocas palabras
sobre la primera cuestión.
Siempre simplificando mucho las cosas, puede decirse que el modo de proceder
escolástico se caracteriza por el criterio de autoridad, el verbalismo y la silogística.

a) El pensamiento medieval reconocía como valedero y decisivo el llamado criterio
de autoridad, es decir, se admitía que lo dicho por ciertas autoridades -la Biblia, la Iglesia,
Aristóteles- era verdad por el solo hecho de que tales autoridades lo afirmasen; que
ciertos libros, o ciertos autores o instituciones no podían equivocarse, de manera que
bastaría citarlos para enunciar la verdad, eximiéndose de cualquier explicación o crítica
ulterior. Para referir hechos concretos: cuando Copérnico publicó su De revolutionibus
orbium caelestium {Acerca de las revoluciones de las esferas celestes), en 1543, donde
enunciaba la tesis según la cual la tierra gira alrededor del sol (heliocentrismo), se le
objetó que la teoría era falsa porque en la Biblia (Josué X, 12-13) está dicho que Josué
mandó detener al sol; y si lo mandó detener, quiere decir que es el sol el que se mueve, y
no la tierra. Y en 1616 la Iglesia condenó la obra de Copérnico, declarando el Santo
Oficio:

La opinión de que el sol está inmóvil en el centro del universo es loca,
filosóficamente falsa y herética, como contraria a las Sagradas Escrituras. La opinión de
que la Tierra no ocupa el centro del universo y experimenta una rotación diaria es
1
filosóficamente falsa y, al menos, una creencia errónea.



De manera semejante, ya bien entrado el siglo XVII, un astrónomo jesuita, el P.
Scheiner, observó las manchas solares (que había descubierto Galileo), y al comunicar lo
que había visto a su provincial, éste le escribió diciendo:

1
Cit. por R. MOUSNIER, Los siglos XVII y XVIII, trad. esp., Barcelona, Destino, 1959 Tomo IV de la Historia
general de las civilizaciones, de M. CROUZET), p. 241. Cf. respecto de Galileo, R. TATON, Histoire
genérale des sciences, Paris. Presses Universitaires de France, 1958, tomo II, p. 287.

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, He leído varias veces las obras de mi Aristóteles y os puedo asegurar que no he
encontrado nada semejante. Retiraos, hijo mío, tranquilizaos y tened la seguridad de que
se trata de defectos de vuestros cristales o de vuestros ojos lo que habéis tomado por
2
manchas del sol.

En efecto, según Aristóteles el sol estaba constituido por el éter, un elemento
incorruptible, es decir, no susceptible de cambio ninguno, como no fuese el movimiento
local (cf. Cap. VI, § 6, n. 22), y por tanto incapaz de tener "manchas". Los aristotélicos
dirían, refiriéndose a las observaciones de Scheiner y Galileo, que no era posible imaginar
"opinión más errónea que la que coloca basura en el ojo del mundo, creado por Dios para
3
ser la antorcha del Universo." Galileo se lamentaba, en carta a Kepler del 19 de agosto
de 1610, de que "los filósofos de más prestigio de la misma Universidad de Padua, aspidis
pertinacia repleti [llenos de la obstinación de la víbora], no quisieran ni aunque fuese
4
contemplar el cielo a través de su telescopio", temerosos de ser víctimas de quién sabe
qué magia por obra de tan diabólico instrumento. -(Todo esto puede parecer ingenuo o
ridículo, además de "superado", y presumirse que hoy día, en la era de la ciencia y de la
técnica, nos encontramos libres de tales "prejuicios". La reflexión más ligera, sin embargo,
descubriría las propias "supersticiones" de nuestra época. ¿Cuántas veces no se cita a
Freud, o a Marx, o a Heidegger, o al Partido (sea el que fuere) como instancia decisiva de
verdad y para dispensarnos de pensar por cuenta propia? Cf. Cap. V, § 13, y Cap. XIV, §§
10 y 16).

b) Al calificar de verbalista al método escolástico, quiere decirse que frecuentemente
se enredaba en meras discusiones de palabras, en vez de ir a las cosas mismas, o que
con solo vocablos o distinciones verbales pretendía resolver problemas que, o eran falsos
problemas carentes de importancia, o en realidad sólo pueden solucionarse mediante la
observación o cualquier otro procedimiento objetivo. Para ilustrar este punto puede
recordarse la escena final de El enfermo imaginario, de Moliere, porque aunque esta obra
es de 1673, refleja perfectamente bien el modo de pensamiento que se critica y que
todavía entonces persistía en los ambientes universitarios. La escena representa el
examen final de un estudiante de medicina, a quien uno de los integrantes del tribunal
dirige la siguiente pregunta:
5
Si me autoriza el señor Presidente
y tantos doctos doctores,
y asistentes ilustres,
a este muy sabio bachiller,
a quien estimo y honro,
le preguntaré la causa y razón por la cual el
opio hace dormir.

A lo que el bachiller responde muy ufano:

Este docto doctor
me pregunta la causa y razón por la cual
el opio hace dormir.
A lo cual respondo: porque en él está
la virtud dormitiva,
cuya naturaleza consiste

2
R. MOUSNIER, loc. cit.
3
Cf. loc. cit
4
G. DE RUGGIERO, Storia della filosofía, parte IV, 1: L'etá cartesiana, Bari, Laterza, 1946. p. 59.
5
La escena está escrita en un latín absurdo, mechado de vocablos franceses "latinizados", con lo que
también se burla Moliere del mal latín entonces corriente en las universidades.

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