Freire – La importancia del acto de leer
Sobre el acto de leer.
Proceso en el que se inserta:
Este proceso implicaba una comprensión critica del acto de leer, que no se agota en la
descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se
prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra,
de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de
aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser
alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto.
Momentos en los que el acto de leer se fue dando a lo largo de su experiencia existencial:
Primero, la “lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me movía; después la lectura de la
palabra que no siempre, a lo largo de mi escolarización, fue la lectura de la “palabra-mundo”.
La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo
particular en que me movía -y hasta donde no me está traicionando la memoria- me es
absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y re-vivo, en el
texto que escribo, la experiencia en el momento en que aún no leía la palabra.
El mundo de su primera casa en Recife: aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi
actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos”,
las “palabras”, las “letras” de aquel contexto – en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo
hacía, más aumentaba la capacidad de percibir- encarnaban una serie de cosas, de objetos, de
señales, cuya comprensión yo iba aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones con mis
hermanos mayores y con mis padres.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el canto de los
pájaros.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbo del
viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la
forma de las hojas, en el aroma de las hojas – de las rosas, de los jazmines-, en la densidad de
los árboles, en cáscara de las frutas. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo
hacer, aprendí la significación del acto de palpar.
De aquel contexto formaban parte además los animales.
De aquel contexto – el de mi mundo inmediato- formaba parte, por otro lado, el universo del
lenguaje de los mayores, expresado en sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores. Todo
eso ligado a contextos más amplios que el de mi mundo inmediato y cuya existencia yo no podía
ni siquiera sospechar.
En el esfuerzo por retomar la infancia distante (…) re-creo, re-vivo, la experiencia vivida en el
momento en que todavía no leía la palabra.
Sobre el acto de leer.
Proceso en el que se inserta:
Este proceso implicaba una comprensión critica del acto de leer, que no se agota en la
descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se
prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra,
de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de
aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser
alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto.
Momentos en los que el acto de leer se fue dando a lo largo de su experiencia existencial:
Primero, la “lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me movía; después la lectura de la
palabra que no siempre, a lo largo de mi escolarización, fue la lectura de la “palabra-mundo”.
La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo
particular en que me movía -y hasta donde no me está traicionando la memoria- me es
absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y re-vivo, en el
texto que escribo, la experiencia en el momento en que aún no leía la palabra.
El mundo de su primera casa en Recife: aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi
actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos”,
las “palabras”, las “letras” de aquel contexto – en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo
hacía, más aumentaba la capacidad de percibir- encarnaban una serie de cosas, de objetos, de
señales, cuya comprensión yo iba aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones con mis
hermanos mayores y con mis padres.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el canto de los
pájaros.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbo del
viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la
forma de las hojas, en el aroma de las hojas – de las rosas, de los jazmines-, en la densidad de
los árboles, en cáscara de las frutas. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo
hacer, aprendí la significación del acto de palpar.
De aquel contexto formaban parte además los animales.
De aquel contexto – el de mi mundo inmediato- formaba parte, por otro lado, el universo del
lenguaje de los mayores, expresado en sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores. Todo
eso ligado a contextos más amplios que el de mi mundo inmediato y cuya existencia yo no podía
ni siquiera sospechar.
En el esfuerzo por retomar la infancia distante (…) re-creo, re-vivo, la experiencia vivida en el
momento en que todavía no leía la palabra.