La Ilíada (Resumen)
CANTO I
Se pide desde el principio a la musa que mande el canto de las desgracias alcanzadas
por la ira de Aquiles (1-7). Llega a la asamblea de los argivos, Crises, sacerdote de Apolo para
rescatar a su hija, hecha cautiva hacía poco en la guerra y por honor entregada a Agamenón (8-
21). Apolo mandó sobre el ejército una terrible epidemia por haber sido rechazado
ignominiosamente su sacerdote (22-52). Aquiles hace una asamblea, para aplacar al dios, en la
que el adivino Calcas pregona que ellos debían liberar a su hija Briseida de tan terrible disputa y
pero Agamenón se rehúsa entregarle su hija ciertamente a Crises, pero le arrebata a Aquiles a
Briseida a quien había sido concedida como premio a su valor. Se apodera de Briseida aunque
Néstor se opone (130-311 y 318-347). Enardecido por esta ofensa, decide el firme joven
separarse de la guerra con los mirmidones, sus soldados. Su madre Tetis reafirma su propósito y
promete venganza al suplicante (348-427). Mientras tanto el ejército ofrece sacrificios expiatorios
y son ofrecidos a Apolo (312-317). Entonces se hace retirar a Crises a su casa junto con las
víctimas propiciatorias, por quienes es expiado el crimen siendo sacrificadas (428-487), puesto
que se había presentado Tetis en el Olimpo ocultamente, favoreció con la victoria a los troyanos,
mientras los aqueos no dieran una satisfacción a Aquiles (488-533). Hera, enemiga de los
troyanos ataca estas determinaciones clandestinas y riñe con Zeus en la cena (534-567). Por
esta causa se entristece toda la asamblea de los dioses, a quienes Hefesto hace volver
finalmente a la tranquilidad y alegría (568-611).
CANTO II
Zeus quien habría de vengar la injuria inferida a Aquiles-, le envió un sueño a Agamenón
para incitarlo a realizar la batalla con la esperanza de la victoria (1-40). Al amanecer, Agamenón
manifestó lo comunicado en el sueño y su propia decisión a los jefes de los argivos; reunió al
poco una asamblea de todos (41-100). Le agradaba para probar la fe del pueblo, del que
desconfiaba, fingir la determinación de retornar a la patria: habiendo oído esto la multitud
comenzó enseguida, cansada ya por la guerra, a sublevarse y a preparar la navegación (101-
154). Odiseo reprimió la rendición de común acuerdo y por consejo de Atenea se valió de
súplicas, amenazas y oprobios para que volvieran de este modo a la asamblea (155-210). A
Tersites, aquel hombre torpe y malhablado que no cesaba de urgir la retirada, lo castigó con
, mayor severidad para escarmiento de los demás (211-277). Así cohibido el populacho se
doblegó por fin a dejarse persuadir por los excelentes discursos de Odiseo y de Néstor quienes
renovaron las antiguas promesas y se valieron de estas ostentaciones para que los aqueos
tuvieran confianza en el combate; el mismo Agamenón ordenó el combate y llenó del ardor de la
pelea el ánimo de todos (287-393). Ya se anima el ejército; los primeros, sacrificadas ya las
mayores víctimas, se sientan al convite delante de Agamenón; los demás toman sus alimentos
por diversas partes y ofrecen sacrificios, y cada pueblo, instruido por sus jefes marcha a la
batalla (394-484). Se inserta en este lugar el cuidadoso catálogo de las naves, pueblos, jefes,
que habían seguido a Agamenón a la guerra de Troya (485-785). También los troyanos,
descubrieron lo que tramaban los aqueos, marchan al campo bajo el mando de Héctor junto con
sus aliados, de los que se añade una breve reseña (786-877).
CANTO III
Al primer encuentro del combate, Paris o Alejandro provocan con suma fiereza a cada
uno de los aqueos para el combate; pero en cuanto ve a Menelao saltando de su carro, huye
atemorizado (1-37). Poco después él mismo, impulsado por los gritos de Héctor se ofrece en
singular desafío con Menelao, comenzando lo más importante de la batalla; aceptada la
condición pide Menelao que vaya por medio una promesa, consagrándola ante la presencia de
Príamo (38-110). Así pues los ejércitos dejan las armas y se preparan sacrificios de ambas
partes, mientras tanto Helena llama desde la torre a Príamo y a los ancianos de Troya, a los
jefes argivos que están en el campo inferior (111-244). Siendo llamado, se presenta Príamo en
compañía de Antenor y se hace un pacto según el antiguo rito y bajo estas condiciones, de que
si uno de los dos venciese al otro, obtendría a Helena y sus riquezas; pero los troyanos inferiores
a los aqueos pagarían una fuerte multa (245-301). Después de la partida de Príamo, toman las
armas Menelao y Paris y marchan al espacio convenido para la pelea; pero Paris, superado, es
sustraído por Hera ocultamente y se lo lleva incólume a su propia morada (302-382). Al mismo
lugar lleva a Helena, quien resistiendo primero al nuevo marido le echa en cara su cobardía; sin
embargo poco después se reconcilia con él (383-448). De esta manera, en vano busca Menelao
al adversario que estaba gozando de la protección de la diosa, mientras Agamenón busca
públicamente el precio de la victoria que se había pactado (449-461).
CANTO IV
CANTO I
Se pide desde el principio a la musa que mande el canto de las desgracias alcanzadas
por la ira de Aquiles (1-7). Llega a la asamblea de los argivos, Crises, sacerdote de Apolo para
rescatar a su hija, hecha cautiva hacía poco en la guerra y por honor entregada a Agamenón (8-
21). Apolo mandó sobre el ejército una terrible epidemia por haber sido rechazado
ignominiosamente su sacerdote (22-52). Aquiles hace una asamblea, para aplacar al dios, en la
que el adivino Calcas pregona que ellos debían liberar a su hija Briseida de tan terrible disputa y
pero Agamenón se rehúsa entregarle su hija ciertamente a Crises, pero le arrebata a Aquiles a
Briseida a quien había sido concedida como premio a su valor. Se apodera de Briseida aunque
Néstor se opone (130-311 y 318-347). Enardecido por esta ofensa, decide el firme joven
separarse de la guerra con los mirmidones, sus soldados. Su madre Tetis reafirma su propósito y
promete venganza al suplicante (348-427). Mientras tanto el ejército ofrece sacrificios expiatorios
y son ofrecidos a Apolo (312-317). Entonces se hace retirar a Crises a su casa junto con las
víctimas propiciatorias, por quienes es expiado el crimen siendo sacrificadas (428-487), puesto
que se había presentado Tetis en el Olimpo ocultamente, favoreció con la victoria a los troyanos,
mientras los aqueos no dieran una satisfacción a Aquiles (488-533). Hera, enemiga de los
troyanos ataca estas determinaciones clandestinas y riñe con Zeus en la cena (534-567). Por
esta causa se entristece toda la asamblea de los dioses, a quienes Hefesto hace volver
finalmente a la tranquilidad y alegría (568-611).
CANTO II
Zeus quien habría de vengar la injuria inferida a Aquiles-, le envió un sueño a Agamenón
para incitarlo a realizar la batalla con la esperanza de la victoria (1-40). Al amanecer, Agamenón
manifestó lo comunicado en el sueño y su propia decisión a los jefes de los argivos; reunió al
poco una asamblea de todos (41-100). Le agradaba para probar la fe del pueblo, del que
desconfiaba, fingir la determinación de retornar a la patria: habiendo oído esto la multitud
comenzó enseguida, cansada ya por la guerra, a sublevarse y a preparar la navegación (101-
154). Odiseo reprimió la rendición de común acuerdo y por consejo de Atenea se valió de
súplicas, amenazas y oprobios para que volvieran de este modo a la asamblea (155-210). A
Tersites, aquel hombre torpe y malhablado que no cesaba de urgir la retirada, lo castigó con
, mayor severidad para escarmiento de los demás (211-277). Así cohibido el populacho se
doblegó por fin a dejarse persuadir por los excelentes discursos de Odiseo y de Néstor quienes
renovaron las antiguas promesas y se valieron de estas ostentaciones para que los aqueos
tuvieran confianza en el combate; el mismo Agamenón ordenó el combate y llenó del ardor de la
pelea el ánimo de todos (287-393). Ya se anima el ejército; los primeros, sacrificadas ya las
mayores víctimas, se sientan al convite delante de Agamenón; los demás toman sus alimentos
por diversas partes y ofrecen sacrificios, y cada pueblo, instruido por sus jefes marcha a la
batalla (394-484). Se inserta en este lugar el cuidadoso catálogo de las naves, pueblos, jefes,
que habían seguido a Agamenón a la guerra de Troya (485-785). También los troyanos,
descubrieron lo que tramaban los aqueos, marchan al campo bajo el mando de Héctor junto con
sus aliados, de los que se añade una breve reseña (786-877).
CANTO III
Al primer encuentro del combate, Paris o Alejandro provocan con suma fiereza a cada
uno de los aqueos para el combate; pero en cuanto ve a Menelao saltando de su carro, huye
atemorizado (1-37). Poco después él mismo, impulsado por los gritos de Héctor se ofrece en
singular desafío con Menelao, comenzando lo más importante de la batalla; aceptada la
condición pide Menelao que vaya por medio una promesa, consagrándola ante la presencia de
Príamo (38-110). Así pues los ejércitos dejan las armas y se preparan sacrificios de ambas
partes, mientras tanto Helena llama desde la torre a Príamo y a los ancianos de Troya, a los
jefes argivos que están en el campo inferior (111-244). Siendo llamado, se presenta Príamo en
compañía de Antenor y se hace un pacto según el antiguo rito y bajo estas condiciones, de que
si uno de los dos venciese al otro, obtendría a Helena y sus riquezas; pero los troyanos inferiores
a los aqueos pagarían una fuerte multa (245-301). Después de la partida de Príamo, toman las
armas Menelao y Paris y marchan al espacio convenido para la pelea; pero Paris, superado, es
sustraído por Hera ocultamente y se lo lleva incólume a su propia morada (302-382). Al mismo
lugar lleva a Helena, quien resistiendo primero al nuevo marido le echa en cara su cobardía; sin
embargo poco después se reconcilia con él (383-448). De esta manera, en vano busca Menelao
al adversario que estaba gozando de la protección de la diosa, mientras Agamenón busca
públicamente el precio de la victoria que se había pactado (449-461).
CANTO IV