, Mario Mendoza
La melancolía de los feos
,Ya no sé lo lejos que he llegado.
Solo sé que hace tiempos que he dejado atrás
los límites de lo excesivo.
BERNARD MOTTESSIER
, CAPÍTULO I
−
EL HOMBRE-MURCIÉLAGO
HACE AMISTAD CON LOS INSECTOS
1.
Por aquel entonces acababa de cumplir los treinta y nueve años
de edad y tenía la vaga impresión de estar llegando al límite de algo,
como si me estuviera acercando peligrosamente a una línea divisoria de
la cual dependía por completo mi vida. Muchas veces, en un parque o
en una cafetería, me llegaba de pronto esa sensación de estar
acercándome a una zona oscura y tenebrosa cuyas trampas yo
desconocía, pero que debía atravesar para poder continuar hacia
adelante y, quizás, construir algún día un futuro, si no feliz, al menos
razonable.
Había estudiado medicina en la Universidad Nacional y luego, con
mucho esfuerzo y ahorrando dos pesos acá y trabajando por tres pesos
allá, había logrado terminar mi especialización en psiquiatría. Desde
muy joven tuve claro que la rama más atrasada y desconocida de mi
profesión era aquella que se dedicaba a investigar el funcionamiento de
la mente. Por un tiempo dudé entre neurología y psiquiatría, hasta que
al final, gracias a un apoyo del instituto donde trabajaba desde hacía
tres años, decidí empezar los estudios de psiquiatría en uno de los
hospitales estatales.
La entrega a mis pacientes fue absoluta. Intentar descifrar los
mecanismos internos que los atormentaban y desquiciaban se volvió, en
muy poco tiempo, una obsesión. Descuidé otras instancias de mi vida
privada en aras de buscar una perfección profesional. Por eso no me
había casado ni había construido una familia todavía. Mis pacientes
eran mi única realidad. Después, al graduarme, esa radicalidad, en
lugar de disminuir y brindarme la posibilidad de relacionarme con una
mujer, lo que hizo fue aislarme aún más hasta el punto de asfixiarme y
de empezar a hacerme daño de verdad. Sabía muy bien que el amor
excesivo a una vocación puede llegar a destruir la vida completa de un
sujeto, pero por más que me esforzaba por escapar de esa celda que yo
mismo había construido para mí, no lograba ni siquiera asomarme a los
barrotes de la ventana.
Y ahora, con treinta y nueve años y unas primeras canas
insinuándose en mi cabeza, en el bigote y en la barba, allí estaba,
atrapado en mi propia profesión, yendo y viniendo de mi casa al
La melancolía de los feos
,Ya no sé lo lejos que he llegado.
Solo sé que hace tiempos que he dejado atrás
los límites de lo excesivo.
BERNARD MOTTESSIER
, CAPÍTULO I
−
EL HOMBRE-MURCIÉLAGO
HACE AMISTAD CON LOS INSECTOS
1.
Por aquel entonces acababa de cumplir los treinta y nueve años
de edad y tenía la vaga impresión de estar llegando al límite de algo,
como si me estuviera acercando peligrosamente a una línea divisoria de
la cual dependía por completo mi vida. Muchas veces, en un parque o
en una cafetería, me llegaba de pronto esa sensación de estar
acercándome a una zona oscura y tenebrosa cuyas trampas yo
desconocía, pero que debía atravesar para poder continuar hacia
adelante y, quizás, construir algún día un futuro, si no feliz, al menos
razonable.
Había estudiado medicina en la Universidad Nacional y luego, con
mucho esfuerzo y ahorrando dos pesos acá y trabajando por tres pesos
allá, había logrado terminar mi especialización en psiquiatría. Desde
muy joven tuve claro que la rama más atrasada y desconocida de mi
profesión era aquella que se dedicaba a investigar el funcionamiento de
la mente. Por un tiempo dudé entre neurología y psiquiatría, hasta que
al final, gracias a un apoyo del instituto donde trabajaba desde hacía
tres años, decidí empezar los estudios de psiquiatría en uno de los
hospitales estatales.
La entrega a mis pacientes fue absoluta. Intentar descifrar los
mecanismos internos que los atormentaban y desquiciaban se volvió, en
muy poco tiempo, una obsesión. Descuidé otras instancias de mi vida
privada en aras de buscar una perfección profesional. Por eso no me
había casado ni había construido una familia todavía. Mis pacientes
eran mi única realidad. Después, al graduarme, esa radicalidad, en
lugar de disminuir y brindarme la posibilidad de relacionarme con una
mujer, lo que hizo fue aislarme aún más hasta el punto de asfixiarme y
de empezar a hacerme daño de verdad. Sabía muy bien que el amor
excesivo a una vocación puede llegar a destruir la vida completa de un
sujeto, pero por más que me esforzaba por escapar de esa celda que yo
mismo había construido para mí, no lograba ni siquiera asomarme a los
barrotes de la ventana.
Y ahora, con treinta y nueve años y unas primeras canas
insinuándose en mi cabeza, en el bigote y en la barba, allí estaba,
atrapado en mi propia profesión, yendo y viniendo de mi casa al