EL AMOR CORTÉS: SUS CARÁCTERES
Lafitte-Houssat dice que el amor cortés es aristocrático, en el sentido de que conviene solo a una élite, que
frecuenta cortes. Tal amor se aplicaba a un reducido número de refinados, cuya iniciación exigía el
conocimiento, y el aprendizaje de un arte difícil, con reglas estrictas y complejas.
También es aristocrático en el sentido de que para ocuparse del amor de una manera conveniente se
necesita ocio, pero si se está asediado por los trabajos y preocupaciones diarias no puede llegarse a este
estado de alma indispensable para el gozo de amor. Los cuidados materiales y la necesidad de trabajar
para ganarse la vida matan el amor. Pero cuando el espíritu está exento de esos viles menesteres, se
siente más libre, y el corazón puede cumplir la función de amar. Es lo que hacían los trovadores, fueron los
mejores cantores del amor. Y es lo que hacen nobles damas y caballeros cuyos ocios están dedicados a la
conversación y a las discusiones galantes.
La obligación de amar se impone a todo joven bien nacido. El amor es lo más grande, lo único que hace a
la vida digna de ser vivida. La consecuencia de este amor aristocrático es que tanto damas como
caballeros se debían a sí mismos un amor distinto del pueblo. Es evidente que villanos y menestrales solo
conocen del amor el aspecto material y carnal. El amor era solo la satisfacción de un instinto natural y
fundamental.
Pero más de las veces se trataba de un amor intelectual, amor de cabeza más que corazón, pretexto para
un delicado poema o para una sabia exposición filosófica. Por eso este amor no nace de un flechazo o una
pasión espontánea, sino que se ama de manera muy reflexiva a la dama, la que se debe amar por ser la
más hermosa y discreta.
Y la dama que se ama es casi siempre una mujer casada, sin peligros ya que su cuerpo pertenece
exclusivamente a su señor y dueño, y ella da a su amante solamente el pensamiento o el corazón. De
todos modos, se trata de amor ilegítimo, único en aquella época en que merecía el nombre de amor.
No puede haber amor verdadero en el matrimonio. Entre marido y mujer existe amistad, y algo de afecto y
ternura. No puede existir ese sentimiento que empuja espontáneamente uno hacia el otro a dos seres que
se buscan, ni esa comunión de almas propia del amor. En cambio, entre amantes todo se hace grato. Se
conceden mutuamente todo. Los esposos están obligados por deber a soportarse recíprocamente las
voluntades y a no negarse nunca nada.
La continua zozobra en que viven los amantes es el mejor excitante del amor verdadero. No el temor por el
marido, sino el temor a los enemigos siempre listos a perjudicarlo a uno ante la dama, y el temor de perder
a la dama. Dada la superioridad social de la mujer amada respecto del amador, éste vive temblando por la
sola idea de desagradarla o no ser digno de ella y de su amor. Y cuando a este temor se añaden la
inquietud y los tormentos de los celos, estará uno seguro de poseer un amor de otra calidad que el
sentimiento apacible y tranquilo del amor conyugal.
Lafitte-Houssat dice que el amor cortés es aristocrático, en el sentido de que conviene solo a una élite, que
frecuenta cortes. Tal amor se aplicaba a un reducido número de refinados, cuya iniciación exigía el
conocimiento, y el aprendizaje de un arte difícil, con reglas estrictas y complejas.
También es aristocrático en el sentido de que para ocuparse del amor de una manera conveniente se
necesita ocio, pero si se está asediado por los trabajos y preocupaciones diarias no puede llegarse a este
estado de alma indispensable para el gozo de amor. Los cuidados materiales y la necesidad de trabajar
para ganarse la vida matan el amor. Pero cuando el espíritu está exento de esos viles menesteres, se
siente más libre, y el corazón puede cumplir la función de amar. Es lo que hacían los trovadores, fueron los
mejores cantores del amor. Y es lo que hacen nobles damas y caballeros cuyos ocios están dedicados a la
conversación y a las discusiones galantes.
La obligación de amar se impone a todo joven bien nacido. El amor es lo más grande, lo único que hace a
la vida digna de ser vivida. La consecuencia de este amor aristocrático es que tanto damas como
caballeros se debían a sí mismos un amor distinto del pueblo. Es evidente que villanos y menestrales solo
conocen del amor el aspecto material y carnal. El amor era solo la satisfacción de un instinto natural y
fundamental.
Pero más de las veces se trataba de un amor intelectual, amor de cabeza más que corazón, pretexto para
un delicado poema o para una sabia exposición filosófica. Por eso este amor no nace de un flechazo o una
pasión espontánea, sino que se ama de manera muy reflexiva a la dama, la que se debe amar por ser la
más hermosa y discreta.
Y la dama que se ama es casi siempre una mujer casada, sin peligros ya que su cuerpo pertenece
exclusivamente a su señor y dueño, y ella da a su amante solamente el pensamiento o el corazón. De
todos modos, se trata de amor ilegítimo, único en aquella época en que merecía el nombre de amor.
No puede haber amor verdadero en el matrimonio. Entre marido y mujer existe amistad, y algo de afecto y
ternura. No puede existir ese sentimiento que empuja espontáneamente uno hacia el otro a dos seres que
se buscan, ni esa comunión de almas propia del amor. En cambio, entre amantes todo se hace grato. Se
conceden mutuamente todo. Los esposos están obligados por deber a soportarse recíprocamente las
voluntades y a no negarse nunca nada.
La continua zozobra en que viven los amantes es el mejor excitante del amor verdadero. No el temor por el
marido, sino el temor a los enemigos siempre listos a perjudicarlo a uno ante la dama, y el temor de perder
a la dama. Dada la superioridad social de la mujer amada respecto del amador, éste vive temblando por la
sola idea de desagradarla o no ser digno de ella y de su amor. Y cuando a este temor se añaden la
inquietud y los tormentos de los celos, estará uno seguro de poseer un amor de otra calidad que el
sentimiento apacible y tranquilo del amor conyugal.