TEMA 8.1. Crisis de Restauración.
La crisis de la Restauración se dio en la última década del siglo XIX, evidenciándose la
debilidad del sistema político basado en la Constitución de 1876 y el caciquismo, y se
agravó con las derrotas coloniales de 1898. Estas pérdidas manifestaron la necesidad de
reformar el régimen para que pudiera subsistir, aunque la monarquía seguía en pie. La
crisis, sin embargo, fue abordada principalmente en el ámbito intelectual, generando un
sentimiento de crisis de la conciencia nacional que se reflejó en la Generación del 98.
El regeneracionismo surgió como corriente de pensamiento crítico frente al sistema político
de la época. Sus principales exponentes, como Joaquín Costa, denunciaron la incultura, el
atraso de la oligarquía y el caciquismo, e impulsaron la educación, la europeización y
reformas económicas orientadas a mejorar la infraestructura pública y el sector agrícola.
Según este enfoque, era necesario movilizar a las clases medias mediante un liderazgo
fuerte, un “cirujano de hierro”, capaz de transformar el sistema desde dentro. Sin embargo,
las propuestas regeneracionistas no lograron encauzar una transformación práctica, y el
sistema se fue desintegrando gradualmente.
A su vez, los gobiernos intentaron implementar reformas institucionales para regenerar el
régimen sin transformar radicalmente su estructura. Entre los conservadores, figuras como
Francisco Silvela, el general Polavieja y Antonio Maura, impulsaron medidas como la
ampliación de la autonomía local, la Ley de Reforma Electoral de 1907 y políticas
económicas intervencionistas. No obstante, estas reformas, lejos de erradicar el caciquismo,
acabaron por perpetuar el fraude electoral. Por otro lado, los liberales centraron sus
esfuerzos en limitar el poder de la Iglesia y gestionar el creciente descontento militar, lo que
derivó en medidas como la Ley de Jurisdicciones de 1906. José Canalejas, tras la caída de
Maura, intentó poner en marcha un amplio programa regeneracionista que incluía reformas
en materia militar, educativa y social, aunque sus propuestas se vieron frustradas por su
asesinato en 1912.
Fuera del sistema, la oposición se organizó en diversas corrientes. Los regionalistas,
representados por el catalanismo y otros movimientos autonómicos en Galicia, País
Valenciano y Andalucía, buscaron modernizar el país mediante la descentralización, sin
plantear rupturas radicales. El republicanismo, con sus distintas facciones, defendió
reformas políticas y sociales amplias, aunque sufrió de fragmentación. En el ámbito obrero,
tanto el socialismo, encarnado en el PSOE y la UGT, como el anarquismo, con la CNT,
promovieron una transformación revolucionaria a través de la movilización popular y la lucha
sindical.
La crisis se agudizó en 1909 con la Semana Trágica, cuando la represión militar y el
enfrentamiento social en Barcelona, surgido del envío de reservistas a sofocar una rebelión,
provocaron una insurrección que fue violentamente reprimida. Este episodio, junto con la
inestabilidad interna de los partidos dinásticos y la intervención activa de Alfonso XIII en la
política, puso en evidencia el deterioro del régimen y la inminente transformación del
sistema político español.
La crisis de la Restauración se dio en la última década del siglo XIX, evidenciándose la
debilidad del sistema político basado en la Constitución de 1876 y el caciquismo, y se
agravó con las derrotas coloniales de 1898. Estas pérdidas manifestaron la necesidad de
reformar el régimen para que pudiera subsistir, aunque la monarquía seguía en pie. La
crisis, sin embargo, fue abordada principalmente en el ámbito intelectual, generando un
sentimiento de crisis de la conciencia nacional que se reflejó en la Generación del 98.
El regeneracionismo surgió como corriente de pensamiento crítico frente al sistema político
de la época. Sus principales exponentes, como Joaquín Costa, denunciaron la incultura, el
atraso de la oligarquía y el caciquismo, e impulsaron la educación, la europeización y
reformas económicas orientadas a mejorar la infraestructura pública y el sector agrícola.
Según este enfoque, era necesario movilizar a las clases medias mediante un liderazgo
fuerte, un “cirujano de hierro”, capaz de transformar el sistema desde dentro. Sin embargo,
las propuestas regeneracionistas no lograron encauzar una transformación práctica, y el
sistema se fue desintegrando gradualmente.
A su vez, los gobiernos intentaron implementar reformas institucionales para regenerar el
régimen sin transformar radicalmente su estructura. Entre los conservadores, figuras como
Francisco Silvela, el general Polavieja y Antonio Maura, impulsaron medidas como la
ampliación de la autonomía local, la Ley de Reforma Electoral de 1907 y políticas
económicas intervencionistas. No obstante, estas reformas, lejos de erradicar el caciquismo,
acabaron por perpetuar el fraude electoral. Por otro lado, los liberales centraron sus
esfuerzos en limitar el poder de la Iglesia y gestionar el creciente descontento militar, lo que
derivó en medidas como la Ley de Jurisdicciones de 1906. José Canalejas, tras la caída de
Maura, intentó poner en marcha un amplio programa regeneracionista que incluía reformas
en materia militar, educativa y social, aunque sus propuestas se vieron frustradas por su
asesinato en 1912.
Fuera del sistema, la oposición se organizó en diversas corrientes. Los regionalistas,
representados por el catalanismo y otros movimientos autonómicos en Galicia, País
Valenciano y Andalucía, buscaron modernizar el país mediante la descentralización, sin
plantear rupturas radicales. El republicanismo, con sus distintas facciones, defendió
reformas políticas y sociales amplias, aunque sufrió de fragmentación. En el ámbito obrero,
tanto el socialismo, encarnado en el PSOE y la UGT, como el anarquismo, con la CNT,
promovieron una transformación revolucionaria a través de la movilización popular y la lucha
sindical.
La crisis se agudizó en 1909 con la Semana Trágica, cuando la represión militar y el
enfrentamiento social en Barcelona, surgido del envío de reservistas a sofocar una rebelión,
provocaron una insurrección que fue violentamente reprimida. Este episodio, junto con la
inestabilidad interna de los partidos dinásticos y la intervención activa de Alfonso XIII en la
política, puso en evidencia el deterioro del régimen y la inminente transformación del
sistema político español.