TEMA 7: LA SEGUNDA REPÚBLICA (1931-1936)
La Segunda República Española, que tuvo lugar entre 1931 y 1936, fue un período crucial en la historia de
España, caracterizado por profundos cambios políticos, sociales y económicos. Para entender su desarrollo, es
esencial partir del contexto previo, marcado por la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), así como del
panorama internacional de la época. La década de 1930 estuvo marcada por la Gran Depresión, que debilitó las
economías de numerosos países y promovió la inestabilidad política. En Europa, mientras algunas democracias
intentaban consolidarse, otras se veían amenazadas por el auge del fascismo y el comunismo. Italia ya había
instaurado un régimen autoritario bajo el liderazgo de Benito Mussolini, mientras que en Alemania, Adolf Hitler
ascendía al poder en 1933, impulsando un discurso ultranacionalista y totalitario. Paralelamente, la Unión
Soviética de Stalin reforzaba su control estatal, y en Francia, la inestabilidad política llevó a la formación del
Frente Popular en 1936. En este clima de polarización ideológica, España no fue ajena a los conflictos entre las
diferentes corrientes políticas. Miguel Primo de Rivera, con el apoyo del rey Alfonso XIII, instauró un régimen
autoritario que prometía modernizar el país, pero sus políticas no lograron resolver las tensiones sociales ni la
crisis económica. En 1930, su renuncia dio paso a un intento fallido de restablecer el parlamentarismo con el
gobierno del general Berenguer, conocido como la "Dictablanda". Le sucedió el almirante Aznar, cuyo gobierno
provisional tampoco consiguió calmar las ansias de cambio. En este contexto, las fuerzas republicanas
comenzaron a unirse, consolidándose en el Pacto de San Sebastián de 1930, donde participaron figuras clave
como Manuel Azaña, Alejandro Lerroux y Niceto Alcalá-Zamora, junto a socialistas y nacionalistas. Destacaron
también la Agrupación al Servicio de la República, con intelectuales como Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y
Pérez de Ayala.
El punto de inflexión llegó con las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Aunque fueron comicios
locales, se convirtieron en un plebiscito sobre la monarquía. La victoria de republicanos y socialistas en las
grandes ciudades dejó claro el rechazo popular a Alfonso XIII, quien, ante la presión social y política, decidió
exiliarse. El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República, con un gobierno provisional presidido por
Alcalá-Zamora, quien buscó equilibrar a las distintas fuerzas republicanas y socialistas.
El primer periodo de la República (1931-1933), conocido como el Bienio Reformista, estuvo dominado por las
fuerzas de izquierda, lideradas por Manuel Azaña, e impulsó profundas reformas en educación, el ejército, la
agricultura y el modelo territorial. Sin embargo, estas medidas generaron una fuerte oposición. La Constitución
de 1931 estableció una república laica, lo que provocó el rechazo de la Iglesia y los sectores conservadores,
especialmente tras la eliminación de la educación religiosa y la disolución de la Compañía de Jesús. La reforma
agraria, aunque ambiciosa, avanzó lentamente, lo que frustró a los jornaleros y derivó en conflictos como la
matanza de Casas Viejas en 1933, donde una revuelta anarquista fue brutalmente reprimida. La reforma militar,
que redujo el número de oficiales y subordinó el ejército al poder civil, generó descontento en sectores
castrenses, reflejado en la fallida Sanjurjada de 1932. En el ámbito territorial, la aprobación del Estatuto de
Autonomía de Cataluña en 1932 avivó el temor de la derecha y el ejército a una fragmentación del país.
Además, el crecimiento de los movimientos sindicales y anarquistas, con huelgas e insurrecciones promovidas
por la CNT y la FAI, incrementó la tensión social. Este clima de confrontación y polarización política desembocó
en la victoria de la derecha en las elecciones de 1933 y en el fin del Bienio Reformista.
En cuanto a las reformas, destacaron la reforma agraria, que buscó redistribuir las tierras a los campesinos
mediante la Ley de Reforma Agraria de 1932. Esta ley permitió la expropiación de tierras a grandes propietarios
con indemnización, aunque su aplicación fue lenta, causando frustración entre los jornaleros y provocando
ocupaciones ilegales de tierras. La reforma educativa también fue ambiciosa, con la creación de más de 10.000
escuelas, la contratación de 7.000 maestros y las Misiones Pedagógicas, lideradas por intelectuales como
Federico García Lorca con "La Barraca", para llevar la cultura al ámbito rural. Además, la reforma militar
motivada por las excesivas lealtades a la desaparecida monarquía por parte de los mandos militares e
impulsada por Azaña que asumió el Ministerio de la Guerra, buscó reducir el número de oficiales y someter el
ejército al poder civil, provocando malestar entre los militares más conservadores. Se creó la Guardia de Asalto,
un cuerpo policial leal a la República.
Estas reformas encontraron una feroz resistencia por parte de distintos sectores. La derecha, representada por
la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles y el Partido Radical de
Alejandro Lerroux, se opuso a las medidas republicanas, considerándolas una amenaza al orden tradicional. La
Iglesia, encabezada por el cardenal primado Pedro Segura, criticó duramente la política laicista y la supresión de
La Segunda República Española, que tuvo lugar entre 1931 y 1936, fue un período crucial en la historia de
España, caracterizado por profundos cambios políticos, sociales y económicos. Para entender su desarrollo, es
esencial partir del contexto previo, marcado por la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), así como del
panorama internacional de la época. La década de 1930 estuvo marcada por la Gran Depresión, que debilitó las
economías de numerosos países y promovió la inestabilidad política. En Europa, mientras algunas democracias
intentaban consolidarse, otras se veían amenazadas por el auge del fascismo y el comunismo. Italia ya había
instaurado un régimen autoritario bajo el liderazgo de Benito Mussolini, mientras que en Alemania, Adolf Hitler
ascendía al poder en 1933, impulsando un discurso ultranacionalista y totalitario. Paralelamente, la Unión
Soviética de Stalin reforzaba su control estatal, y en Francia, la inestabilidad política llevó a la formación del
Frente Popular en 1936. En este clima de polarización ideológica, España no fue ajena a los conflictos entre las
diferentes corrientes políticas. Miguel Primo de Rivera, con el apoyo del rey Alfonso XIII, instauró un régimen
autoritario que prometía modernizar el país, pero sus políticas no lograron resolver las tensiones sociales ni la
crisis económica. En 1930, su renuncia dio paso a un intento fallido de restablecer el parlamentarismo con el
gobierno del general Berenguer, conocido como la "Dictablanda". Le sucedió el almirante Aznar, cuyo gobierno
provisional tampoco consiguió calmar las ansias de cambio. En este contexto, las fuerzas republicanas
comenzaron a unirse, consolidándose en el Pacto de San Sebastián de 1930, donde participaron figuras clave
como Manuel Azaña, Alejandro Lerroux y Niceto Alcalá-Zamora, junto a socialistas y nacionalistas. Destacaron
también la Agrupación al Servicio de la República, con intelectuales como Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y
Pérez de Ayala.
El punto de inflexión llegó con las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Aunque fueron comicios
locales, se convirtieron en un plebiscito sobre la monarquía. La victoria de republicanos y socialistas en las
grandes ciudades dejó claro el rechazo popular a Alfonso XIII, quien, ante la presión social y política, decidió
exiliarse. El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República, con un gobierno provisional presidido por
Alcalá-Zamora, quien buscó equilibrar a las distintas fuerzas republicanas y socialistas.
El primer periodo de la República (1931-1933), conocido como el Bienio Reformista, estuvo dominado por las
fuerzas de izquierda, lideradas por Manuel Azaña, e impulsó profundas reformas en educación, el ejército, la
agricultura y el modelo territorial. Sin embargo, estas medidas generaron una fuerte oposición. La Constitución
de 1931 estableció una república laica, lo que provocó el rechazo de la Iglesia y los sectores conservadores,
especialmente tras la eliminación de la educación religiosa y la disolución de la Compañía de Jesús. La reforma
agraria, aunque ambiciosa, avanzó lentamente, lo que frustró a los jornaleros y derivó en conflictos como la
matanza de Casas Viejas en 1933, donde una revuelta anarquista fue brutalmente reprimida. La reforma militar,
que redujo el número de oficiales y subordinó el ejército al poder civil, generó descontento en sectores
castrenses, reflejado en la fallida Sanjurjada de 1932. En el ámbito territorial, la aprobación del Estatuto de
Autonomía de Cataluña en 1932 avivó el temor de la derecha y el ejército a una fragmentación del país.
Además, el crecimiento de los movimientos sindicales y anarquistas, con huelgas e insurrecciones promovidas
por la CNT y la FAI, incrementó la tensión social. Este clima de confrontación y polarización política desembocó
en la victoria de la derecha en las elecciones de 1933 y en el fin del Bienio Reformista.
En cuanto a las reformas, destacaron la reforma agraria, que buscó redistribuir las tierras a los campesinos
mediante la Ley de Reforma Agraria de 1932. Esta ley permitió la expropiación de tierras a grandes propietarios
con indemnización, aunque su aplicación fue lenta, causando frustración entre los jornaleros y provocando
ocupaciones ilegales de tierras. La reforma educativa también fue ambiciosa, con la creación de más de 10.000
escuelas, la contratación de 7.000 maestros y las Misiones Pedagógicas, lideradas por intelectuales como
Federico García Lorca con "La Barraca", para llevar la cultura al ámbito rural. Además, la reforma militar
motivada por las excesivas lealtades a la desaparecida monarquía por parte de los mandos militares e
impulsada por Azaña que asumió el Ministerio de la Guerra, buscó reducir el número de oficiales y someter el
ejército al poder civil, provocando malestar entre los militares más conservadores. Se creó la Guardia de Asalto,
un cuerpo policial leal a la República.
Estas reformas encontraron una feroz resistencia por parte de distintos sectores. La derecha, representada por
la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles y el Partido Radical de
Alejandro Lerroux, se opuso a las medidas republicanas, considerándolas una amenaza al orden tradicional. La
Iglesia, encabezada por el cardenal primado Pedro Segura, criticó duramente la política laicista y la supresión de