PRACTICO 1: HISTORIA DE AMÉRICA LATINA: LESLIE BETHELL
Capítulo 1: AMÉRICA LATINA Y LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914: El medio siglo que siguió a las guerras
de independencia en América Latina, esto es, el período comprendido entre el decenio de 1820 y el de 1860 o 1870,
había sido, en general, decepcionante en lo que se refiere al crecimiento económico, si bien aquí y allá, en el ámbito
de alguna estructura un tanto precaria, pero, a pesar de ello, cambiante, se hicieron modestos progresos materiales
y de organización. La propiedad comunal de la tierra seguía existiendo al lado de propiedades privadas, tanto
grandes como pequeñas, a la vez que otras propiedades rurales eran controladas por las autoridades eclesiásticas y
públicas.
Estos acontecimientos perturbaron el comercio local y en muchos casos detuvieron las anteriores corrientes
interregionales del comercio dentro de América Latina, a la vez que la fuerte atracción gravitatoria de las economías
en expansión del Atlántico Norte reorientaba la vida económica hacia una participación paulatinamente mayor en un
intercambio mundial que ya no se veía determinado por la política comercial ibérica. Además de brindar nuevas e
importantes oportunidades de crecimiento, esta reorientación trajo consigo una dislocación del comercio que
entrañó costes para varios elementos de la economía de la región:
la mengua de la producción artesanal y la extinción virtual de los talleres manufactureros u obrajes.
la decadencia económica de algunas regiones.
el deterioro de los sistemas de transporte interregionales.
La integración de la región en la economía mundial y la correspondiente facilidad de obtener préstamos del
extranjero contribuyeron a sofocar el potencial para la producción local de tecnología que pudiera existir aun
después de los intentos de modernización que la corona española hiciera en los últimos decenios de la época
colonial. Las transferencias de tecnología que tuvieron lugar aumentaron la productividad en las Américas, y es
indudable que con ello la producción total creció más rápidamente de lo que hubiera crecido sin ellas.
El crecimiento demográfico en Europa y América del Norte, los efectos aceleradores de las inversiones que indujo
dicho crecimiento, junto con los cambios en la tecnología de la producción y el transporte, obraron recíprocamente
en las economías metropolitanas e incrementaron la capacidad de exportar e importar. Con el paso del tiempo, esto
ofrecería oportunidades comerciales cada vez más atractivas para América Latina cuando mejorase su ambiente
político.
Al entrar América Latina en el último tercio del siglo xix, el clima económico, que desde la independencia se había
visto trastornado en su mayor parte por la inestabilidad política, empezó a adquirir un carácter más sosegado. Brasil,
Chile, Argentina y México se destacaron de la mayoría de las otras naciones latinoamericanas en la medida en que la
estabilización de la vida política nacional permitió que la maquinaria del Estado se dedicara a afianzar la base
normativa de la prosperidad material.
En el decenio de 1870, zonas importantes de América Latina ofrecían un clima mucho más hospitalario para la
inversión de capitales extranjeros que el que habían ofrecido hasta entonces, reforzando la afinidad cultural básica
que les daba vínculos más estrechos y más amplios con los países exportadores de capital que los que existían entre
éstos y Asia, África o el Oriente Medio.
La mayor estabilidad de la estructura institucional de los negocios no sólo hizo que América Latina resultara más
atractiva a ojos de los inversionistas extranjeros, sino que, además, contribuyó a la acumulación de capital y a las
inversiones privadas en los propios países latinoamericanos. Si bien los años comprendidos entre 1870 y 1914 fueron
claramente los del alto capitalismo, con todo lo que ello entrañaba para la dependencia del sector privado, conviene
no pasar por alto que estas grandes transferencias de recursos también se efectuaban a través del mecanismo de
préstamos del gobierno, con una mejora importante de la infraestructura de la región como resultado.
A la larga, fue la complementariedad de los recursos con el mercado lo que influyó de modo importante en la
respuesta que las distintas economías latinoamericanas dieron a las oportunidades que ofrecía el crecimiento del
comercio internacional. La totalidad del siglo xix se caracterizó por la expansión general de las exportaciones, y el
comercio mundial de productos básicos creció más rápidamente que el de manufacturas hasta el último cuarto de
dicho siglo.
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,En cierto sentido, lo que ocurrió en América Latina entre 1870 y 1914 fue irrefutable. El motor principal del
crecimiento en este período fue la producción industrial en países del centro económico, con los cambios sociales y
económicos que la acompañaban.
El crecimiento de los sectores exteriores latinoamericanos no fue un proceso continuo, toda vez que chocó con el
obstáculo de la inestabilidad periódica de las economías centrales del capitalismo. La recesión que las economías
británica y francesa sufrieron entre mediados y finales del decenio de 1880 tuvo menos repercusiones, pero la crisis
económica de la mayoría de los países industriales avanzados durante la primera mitad del decenio de 1890
coincidió con la crisis de Baring, el incumplimiento de los pagos por parte de Argentina y una fuerte caída de los
empréstitos extranjeros en general. Los precios del algodón, de la lana y del trigo, por ejemplo, en general
descendieron entre finales del decenio de 1860 y mediados del de 1890. Los precios del café bajaron a principios del
decenio de 1880, subieron mucho después, luego descendieron aún más hasta principios del decenio de 1900.
En 1914 los contrastes económicos en América Latina ya eran mucho más acentuados que medio siglo y pico antes.
De hecho, la época se caracterizaba tanto por una reorientación de los procesos económicos hacia el mercado
mundial como por el desarrollo desigual de unos sectores y regiones comparados con otros.
LOS MERCADOS DE EXPORTACIÓN: Al verse América Latina atraída hacia el interior de la economía atlántica,
tuvieron lugar cambios trascendentales en la pauta y, en algunos casos, en el marco geográfico de producción en
respuesta a la demanda extranjera de los minerales de la región, así como de sus productos agropecuarios. En el Río
de la Plata, la apertura de Argentina y, en menor escala, de Uruguay dio por resultado un torrente de productos
propios de zonas templadas, en especial productos derivados de la ganadería y los cereales.
En Argentina otras industrias exportadoras también estaban experimentando un crecimiento considerable. Los
cueros, que eran un producto tradicional, ganaron alrededor de dos tercios del valor de las exportaciones de lana
durante la mayor parte del período y casi doblaron el valor total desde mediados del decenio de 1870 hasta 1910-
1914. Sin embargo, el avance que supuso el transporte en barcos refrigerados en el decenio de 1870 fue lo que
preparó el camino para la rápida subida de los envíos de carne desde Argentina y, en menor medida Uruguay.
Fue durante las postrimerías del decenio de 1870 cuando Argentina se convirtió en exportadora neta de cereales,
actividad que comenzó en pequeña escala, pero aumentó rápidamente. Entre 1872 y 1895 la extensión de terrenos
pamperos dedicados a diversos cultivos, especialmente cereales, aumentó quince veces, y durante el decenio
siguiente la extensión dedicada sólo al cultivo de trigo y maíz se multiplicó por más de dos. Entre 1880-1884 y 1890-
1894 el trigo fue la principal fuente de ganancias y el valor de sus exportaciones aumentó veintitrés veces.
Poco antes de la primera guerra mundial, las exportaciones principales de Argentina, en orden de importancia de
mayor a menor eran: trigo, maíz, carne de buey congelada y refrigerada, lana, cueros y linaza. Entre otras
exportaciones de menor importancia cabe citar las siguientes: carnero y cordero, otros cereales (avena, cebada y
centeno) y extracto de quebracho y leños. Más que cualquier otro país latinoamericano, Argentina estaba entregada
de modo casi total, directa e indirectamente, a la economía de exportación, gracias a la cual los argentinos
alcanzaron una media de nivel de vida notablemente superior a la de los ciudadanos de las demás repúblicas
latinoamericanas.
En otras partes de América Latina, la economía exportadora de las postrimerías del siglo xix tendió a crear una
estructura más sencilla, basándose con frecuencia en una pauta de desarrollo mono cultural. En Colombia, por
ejemplo, el café era el sostén principal del sector exterior desde finales del decenio de 1880.
Desde el decenio de 1830, en que sustituyó al cacao, hasta el de 1920, en que fue sustituido por el petróleo, el café
fue también el principal producto de exportación de Venezuela. De hecho, hasta la primera guerra mundial,
momento en que Colombia le dio alcance, Venezuela fue, después de Brasil, la principal exportadora de café de la
región. Los sectores de exportación de las economías de América Central y el Caribe se hallaban dominados por
diversos productos agrícolas de tipo tropical, entre los que destacan los plátanos, el café, el azúcar y el tabaco.
LOS MERCADOS NACIONALES: Aunque no son menos importantes, los cambios habidos en los mercados de
productos nacionales pueden tratarse de forma un tanto más sencilla en el nivel regional; hubo menos variación
entre países que en el caso de los mercados de productos de exportación. Los mercados urbanos de manufacturas
de consumo eran abastecidos en gran medida por exportadores británicos, aunque con una fuerte competencia por
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, parte de Alemania y los Estados Unidos, y con aportaciones de Francia y, en menor medida, de un gran número de
otros países. Muchísimos productos o bien aparecieron por primera vez o empezaron a consumirse en volumen
notablemente superior al de antes. Sin embargo, no todos estos productos manufacturados procedían del
extranjero. En las antiguas colonias, las industrias artesanales no se extinguieron del todo debido a la importación de
manufacturas, en especial como fuente de abastecimiento de los mercados interiores, tanto rurales como
provinciales.
Además de las variaciones de los gustos de los consumidores, sin embargo, los cambios sufridos por los métodos de
producción fueron origen de más cambios en los mercados de productos interiores, al aumentar espectacularmente
el mercado de bienes de capital producidos en fábricas en comparación con el que existía en épocas anteriores del
siglo xix, cuando tecnologías de producción más arcaicas y de origen local predominaban casi en todas partes.
EL CARÁCTER Y LAS FUNCIONES DE LOS NUEVOS MERCADOS DE PRODUCTOS: El desarrollo agrícola regional se vio
estimulado por el crecimiento demográfico y por el aumento de la demanda urbana en los mercados nacionales, y la
mayoría de los ejemplos dispersos de industrialización en el siglo xix se basaban en estos avances locales y
regionales. Sin embargo, dejando aparte estos ejemplos, lo cierto es que la voz cantante la llevaba la demanda
extranjera y no la nacional.
En términos generales, parece ser que el abastecimiento de productos nuevos a los mercados latinoamericanos fue
razonablemente competitivo, sobre todo en las postrimerías del período, cuando los exportadores alemanes,
estadounidenses y franceses ya les habían ganado terreno a sus colegas británicos.
LOS MERCADOS DE FACTORES: La tierra: Estos recursos eran:
a) fundamentales para la naturaleza de las economías exportadoras que surgieron y
b) críticos por condicionar las organizaciones sociales y políticas del período.
A pesar de todas las alteraciones de la estructura económica, la tierra, en su sentido más estrecho, agrícola, siguió
siendo el medio de producción básico para la mayor parte de la población en todos los países. En cierto modo, el
más notable cambio económico de todo el período fue el enorme incremento de la provisión de tierra como móvil
principal para el desarrollo capitalista.
Cabe discernir por lo menos dos tipos de expansión de la frontera. En el primer caso, la colonización a lo largo del
extenso margen se correspondía directamente con el aumento de la producción de artículos básicos para la
exportación. En otros casos, no obstante, se hizo evidente un efecto de desplazamiento.
En Argentina, aparte del movimiento de colonización hacia el sur, la economía rural adquirió más tierra nueva al
oeste y al noroeste de Buenos Aires, extendiéndose hacia las zonas de cultivos nuevos junto a los Andes, en una
dirección, y hacia la región de Mesopotamia, entre Uruguay y Paraguay, en la otra.
En cuanto a la superficie de la tierra, parte del dominio público se repartió en forma de concesiones a las compañías
ferroviarias para ayudar a la construcción de líneas; parte se usó para pagar a las compañías agrimensoras; parte fue
para las compañías y los proyectos de colonización de la tierra. Otras porciones del dominio público se enajenaron
por medio de concesiones de tierra o venta de la misma a precios nominales: en forma de parcelas de tamaño medio
en algunos casos.
La segunda fuente principal de expansión de la tierra era el uso de un modo más eficiente, desde el punto de vista
comercial, de tierras que pertenecían a las tradicionales fincas o haciendas, que es el nombre genérico con que se
acostumbra a denominarlas. Esta comercialización de la propiedad rural tradicional surtió en algunas partes el efecto
de crear un mercado de tierra bastante más activo que el que existía durante la época colonial.
Una tercera fuente de tierra agrícola para el mercado de tierras fueron las propiedades corporativas en las regiones
más tradicionales: tierras que pertenecían a la Iglesia o a diversas organizaciones religiosas o de beneficencia y
tierras pertenecientes tanto a comunidades indígenas como a comunidades fundadas por los españoles.
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Capítulo 1: AMÉRICA LATINA Y LA ECONOMÍA INTERNACIONAL, 1870-1914: El medio siglo que siguió a las guerras
de independencia en América Latina, esto es, el período comprendido entre el decenio de 1820 y el de 1860 o 1870,
había sido, en general, decepcionante en lo que se refiere al crecimiento económico, si bien aquí y allá, en el ámbito
de alguna estructura un tanto precaria, pero, a pesar de ello, cambiante, se hicieron modestos progresos materiales
y de organización. La propiedad comunal de la tierra seguía existiendo al lado de propiedades privadas, tanto
grandes como pequeñas, a la vez que otras propiedades rurales eran controladas por las autoridades eclesiásticas y
públicas.
Estos acontecimientos perturbaron el comercio local y en muchos casos detuvieron las anteriores corrientes
interregionales del comercio dentro de América Latina, a la vez que la fuerte atracción gravitatoria de las economías
en expansión del Atlántico Norte reorientaba la vida económica hacia una participación paulatinamente mayor en un
intercambio mundial que ya no se veía determinado por la política comercial ibérica. Además de brindar nuevas e
importantes oportunidades de crecimiento, esta reorientación trajo consigo una dislocación del comercio que
entrañó costes para varios elementos de la economía de la región:
la mengua de la producción artesanal y la extinción virtual de los talleres manufactureros u obrajes.
la decadencia económica de algunas regiones.
el deterioro de los sistemas de transporte interregionales.
La integración de la región en la economía mundial y la correspondiente facilidad de obtener préstamos del
extranjero contribuyeron a sofocar el potencial para la producción local de tecnología que pudiera existir aun
después de los intentos de modernización que la corona española hiciera en los últimos decenios de la época
colonial. Las transferencias de tecnología que tuvieron lugar aumentaron la productividad en las Américas, y es
indudable que con ello la producción total creció más rápidamente de lo que hubiera crecido sin ellas.
El crecimiento demográfico en Europa y América del Norte, los efectos aceleradores de las inversiones que indujo
dicho crecimiento, junto con los cambios en la tecnología de la producción y el transporte, obraron recíprocamente
en las economías metropolitanas e incrementaron la capacidad de exportar e importar. Con el paso del tiempo, esto
ofrecería oportunidades comerciales cada vez más atractivas para América Latina cuando mejorase su ambiente
político.
Al entrar América Latina en el último tercio del siglo xix, el clima económico, que desde la independencia se había
visto trastornado en su mayor parte por la inestabilidad política, empezó a adquirir un carácter más sosegado. Brasil,
Chile, Argentina y México se destacaron de la mayoría de las otras naciones latinoamericanas en la medida en que la
estabilización de la vida política nacional permitió que la maquinaria del Estado se dedicara a afianzar la base
normativa de la prosperidad material.
En el decenio de 1870, zonas importantes de América Latina ofrecían un clima mucho más hospitalario para la
inversión de capitales extranjeros que el que habían ofrecido hasta entonces, reforzando la afinidad cultural básica
que les daba vínculos más estrechos y más amplios con los países exportadores de capital que los que existían entre
éstos y Asia, África o el Oriente Medio.
La mayor estabilidad de la estructura institucional de los negocios no sólo hizo que América Latina resultara más
atractiva a ojos de los inversionistas extranjeros, sino que, además, contribuyó a la acumulación de capital y a las
inversiones privadas en los propios países latinoamericanos. Si bien los años comprendidos entre 1870 y 1914 fueron
claramente los del alto capitalismo, con todo lo que ello entrañaba para la dependencia del sector privado, conviene
no pasar por alto que estas grandes transferencias de recursos también se efectuaban a través del mecanismo de
préstamos del gobierno, con una mejora importante de la infraestructura de la región como resultado.
A la larga, fue la complementariedad de los recursos con el mercado lo que influyó de modo importante en la
respuesta que las distintas economías latinoamericanas dieron a las oportunidades que ofrecía el crecimiento del
comercio internacional. La totalidad del siglo xix se caracterizó por la expansión general de las exportaciones, y el
comercio mundial de productos básicos creció más rápidamente que el de manufacturas hasta el último cuarto de
dicho siglo.
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,En cierto sentido, lo que ocurrió en América Latina entre 1870 y 1914 fue irrefutable. El motor principal del
crecimiento en este período fue la producción industrial en países del centro económico, con los cambios sociales y
económicos que la acompañaban.
El crecimiento de los sectores exteriores latinoamericanos no fue un proceso continuo, toda vez que chocó con el
obstáculo de la inestabilidad periódica de las economías centrales del capitalismo. La recesión que las economías
británica y francesa sufrieron entre mediados y finales del decenio de 1880 tuvo menos repercusiones, pero la crisis
económica de la mayoría de los países industriales avanzados durante la primera mitad del decenio de 1890
coincidió con la crisis de Baring, el incumplimiento de los pagos por parte de Argentina y una fuerte caída de los
empréstitos extranjeros en general. Los precios del algodón, de la lana y del trigo, por ejemplo, en general
descendieron entre finales del decenio de 1860 y mediados del de 1890. Los precios del café bajaron a principios del
decenio de 1880, subieron mucho después, luego descendieron aún más hasta principios del decenio de 1900.
En 1914 los contrastes económicos en América Latina ya eran mucho más acentuados que medio siglo y pico antes.
De hecho, la época se caracterizaba tanto por una reorientación de los procesos económicos hacia el mercado
mundial como por el desarrollo desigual de unos sectores y regiones comparados con otros.
LOS MERCADOS DE EXPORTACIÓN: Al verse América Latina atraída hacia el interior de la economía atlántica,
tuvieron lugar cambios trascendentales en la pauta y, en algunos casos, en el marco geográfico de producción en
respuesta a la demanda extranjera de los minerales de la región, así como de sus productos agropecuarios. En el Río
de la Plata, la apertura de Argentina y, en menor escala, de Uruguay dio por resultado un torrente de productos
propios de zonas templadas, en especial productos derivados de la ganadería y los cereales.
En Argentina otras industrias exportadoras también estaban experimentando un crecimiento considerable. Los
cueros, que eran un producto tradicional, ganaron alrededor de dos tercios del valor de las exportaciones de lana
durante la mayor parte del período y casi doblaron el valor total desde mediados del decenio de 1870 hasta 1910-
1914. Sin embargo, el avance que supuso el transporte en barcos refrigerados en el decenio de 1870 fue lo que
preparó el camino para la rápida subida de los envíos de carne desde Argentina y, en menor medida Uruguay.
Fue durante las postrimerías del decenio de 1870 cuando Argentina se convirtió en exportadora neta de cereales,
actividad que comenzó en pequeña escala, pero aumentó rápidamente. Entre 1872 y 1895 la extensión de terrenos
pamperos dedicados a diversos cultivos, especialmente cereales, aumentó quince veces, y durante el decenio
siguiente la extensión dedicada sólo al cultivo de trigo y maíz se multiplicó por más de dos. Entre 1880-1884 y 1890-
1894 el trigo fue la principal fuente de ganancias y el valor de sus exportaciones aumentó veintitrés veces.
Poco antes de la primera guerra mundial, las exportaciones principales de Argentina, en orden de importancia de
mayor a menor eran: trigo, maíz, carne de buey congelada y refrigerada, lana, cueros y linaza. Entre otras
exportaciones de menor importancia cabe citar las siguientes: carnero y cordero, otros cereales (avena, cebada y
centeno) y extracto de quebracho y leños. Más que cualquier otro país latinoamericano, Argentina estaba entregada
de modo casi total, directa e indirectamente, a la economía de exportación, gracias a la cual los argentinos
alcanzaron una media de nivel de vida notablemente superior a la de los ciudadanos de las demás repúblicas
latinoamericanas.
En otras partes de América Latina, la economía exportadora de las postrimerías del siglo xix tendió a crear una
estructura más sencilla, basándose con frecuencia en una pauta de desarrollo mono cultural. En Colombia, por
ejemplo, el café era el sostén principal del sector exterior desde finales del decenio de 1880.
Desde el decenio de 1830, en que sustituyó al cacao, hasta el de 1920, en que fue sustituido por el petróleo, el café
fue también el principal producto de exportación de Venezuela. De hecho, hasta la primera guerra mundial,
momento en que Colombia le dio alcance, Venezuela fue, después de Brasil, la principal exportadora de café de la
región. Los sectores de exportación de las economías de América Central y el Caribe se hallaban dominados por
diversos productos agrícolas de tipo tropical, entre los que destacan los plátanos, el café, el azúcar y el tabaco.
LOS MERCADOS NACIONALES: Aunque no son menos importantes, los cambios habidos en los mercados de
productos nacionales pueden tratarse de forma un tanto más sencilla en el nivel regional; hubo menos variación
entre países que en el caso de los mercados de productos de exportación. Los mercados urbanos de manufacturas
de consumo eran abastecidos en gran medida por exportadores británicos, aunque con una fuerte competencia por
2
, parte de Alemania y los Estados Unidos, y con aportaciones de Francia y, en menor medida, de un gran número de
otros países. Muchísimos productos o bien aparecieron por primera vez o empezaron a consumirse en volumen
notablemente superior al de antes. Sin embargo, no todos estos productos manufacturados procedían del
extranjero. En las antiguas colonias, las industrias artesanales no se extinguieron del todo debido a la importación de
manufacturas, en especial como fuente de abastecimiento de los mercados interiores, tanto rurales como
provinciales.
Además de las variaciones de los gustos de los consumidores, sin embargo, los cambios sufridos por los métodos de
producción fueron origen de más cambios en los mercados de productos interiores, al aumentar espectacularmente
el mercado de bienes de capital producidos en fábricas en comparación con el que existía en épocas anteriores del
siglo xix, cuando tecnologías de producción más arcaicas y de origen local predominaban casi en todas partes.
EL CARÁCTER Y LAS FUNCIONES DE LOS NUEVOS MERCADOS DE PRODUCTOS: El desarrollo agrícola regional se vio
estimulado por el crecimiento demográfico y por el aumento de la demanda urbana en los mercados nacionales, y la
mayoría de los ejemplos dispersos de industrialización en el siglo xix se basaban en estos avances locales y
regionales. Sin embargo, dejando aparte estos ejemplos, lo cierto es que la voz cantante la llevaba la demanda
extranjera y no la nacional.
En términos generales, parece ser que el abastecimiento de productos nuevos a los mercados latinoamericanos fue
razonablemente competitivo, sobre todo en las postrimerías del período, cuando los exportadores alemanes,
estadounidenses y franceses ya les habían ganado terreno a sus colegas británicos.
LOS MERCADOS DE FACTORES: La tierra: Estos recursos eran:
a) fundamentales para la naturaleza de las economías exportadoras que surgieron y
b) críticos por condicionar las organizaciones sociales y políticas del período.
A pesar de todas las alteraciones de la estructura económica, la tierra, en su sentido más estrecho, agrícola, siguió
siendo el medio de producción básico para la mayor parte de la población en todos los países. En cierto modo, el
más notable cambio económico de todo el período fue el enorme incremento de la provisión de tierra como móvil
principal para el desarrollo capitalista.
Cabe discernir por lo menos dos tipos de expansión de la frontera. En el primer caso, la colonización a lo largo del
extenso margen se correspondía directamente con el aumento de la producción de artículos básicos para la
exportación. En otros casos, no obstante, se hizo evidente un efecto de desplazamiento.
En Argentina, aparte del movimiento de colonización hacia el sur, la economía rural adquirió más tierra nueva al
oeste y al noroeste de Buenos Aires, extendiéndose hacia las zonas de cultivos nuevos junto a los Andes, en una
dirección, y hacia la región de Mesopotamia, entre Uruguay y Paraguay, en la otra.
En cuanto a la superficie de la tierra, parte del dominio público se repartió en forma de concesiones a las compañías
ferroviarias para ayudar a la construcción de líneas; parte se usó para pagar a las compañías agrimensoras; parte fue
para las compañías y los proyectos de colonización de la tierra. Otras porciones del dominio público se enajenaron
por medio de concesiones de tierra o venta de la misma a precios nominales: en forma de parcelas de tamaño medio
en algunos casos.
La segunda fuente principal de expansión de la tierra era el uso de un modo más eficiente, desde el punto de vista
comercial, de tierras que pertenecían a las tradicionales fincas o haciendas, que es el nombre genérico con que se
acostumbra a denominarlas. Esta comercialización de la propiedad rural tradicional surtió en algunas partes el efecto
de crear un mercado de tierra bastante más activo que el que existía durante la época colonial.
Una tercera fuente de tierra agrícola para el mercado de tierras fueron las propiedades corporativas en las regiones
más tradicionales: tierras que pertenecían a la Iglesia o a diversas organizaciones religiosas o de beneficencia y
tierras pertenecientes tanto a comunidades indígenas como a comunidades fundadas por los españoles.
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