Susan Sontag – Un argumento sobre la
belleza
Sobre el concepto de belleza en nuestras sociedades
¿Es de extrañar que el papa compare la Iglesia Católica con una gran -es decir, hermosa-
obra de arte? Quizás no, ya que esta inocua comparación le permite transformar los aberrantes
delitos en algo así como las raspaduras en la copia de una película muda o las despostilladuras
en la superficie de una obra maestra de la pintura antigua: meras imperfecciones que
instintivamente ignoramos o pasamos por alto.
“La belleza”, en tanto que remite (como la salud) a una excelencia indiscutible, ha sido
un término al que se ha recurrido siempre para formular evaluaciones incuestionables.
La permanencia, sin embargo, no es uno de los atributos más evidentes de la belleza; y
su contemplación -cuando es experta- puede estar entreverada en el pathos, tema que
Shakespeare aborda en muchos de sus sonetos. La belleza más conmovedora es la evanescente.
Hacer de la belleza algo en cierto modo perdurable ha requerido de un buen número de
transposiciones y de remiendos conceptuales. La idea resultaba sencillamente demasiado
atractiva, demasiado poderosa, como para ser malbaratada en loas a formas superiores. Había
que multiplicar la idea, permitir que hubiera tipos de belleza, belleza con adjetivos, organizada
en una ascendente escala de valores y de incorruptibilidad, donde los usos metaforizados
(“belleza intelectual”, “belleza espiritual”) tuvieran prioridad sobre lo que el lenguaje ordinario
alaba como bello -lo que proporciona un gozo a los sentidos-.
No obstante lo mucho que aparente ser el arte un asunto de superficies y recepción
sensorial, se ha hecho acreedor, en general, a una ciudadanía honoraria en el dominio de la
belleza “interna” -en oposición con la “externa”-. La belleza sería así inmutable, al menos cuando
ha encarnado -se ha fijado- bajo la forma del arte, porque es en el arte donde la belleza como
idea -como idea eterna- encarna mejor. La belleza (si es éste el modo que uno escoge para darle
uso a la palabra) es profunda, no superficial; oculta a veces, más que evidente; consoladora, y
no problemática; indestructible, como en el arte, antes que efímera, como en la naturaleza. La
belleza -aquella clase que se estipula como edificante- perdura.
2.
La mejor teoría de la belleza es su historia.
Igualmente ineludible parece ser el hecho de que cuando las más prestigiosas
comunidades artísticas se involucraron, hace ya casi un siglo, en proyectos extremos de
innovación, entre aquellas nociones que debían desacreditarse estaba, en primera fila, la
belleza. A los hacedores y proclamadores de lo nuevo, la belleza no podía sino parecerles un
patrón de medida conservador. Gertrude Stein decía que llamar “bella” a una obra de arte
significaba que estaba muerta. “Bello” ha llegado a significar “sólo bello”: no hay elogio más
común ni más soso.
belleza
Sobre el concepto de belleza en nuestras sociedades
¿Es de extrañar que el papa compare la Iglesia Católica con una gran -es decir, hermosa-
obra de arte? Quizás no, ya que esta inocua comparación le permite transformar los aberrantes
delitos en algo así como las raspaduras en la copia de una película muda o las despostilladuras
en la superficie de una obra maestra de la pintura antigua: meras imperfecciones que
instintivamente ignoramos o pasamos por alto.
“La belleza”, en tanto que remite (como la salud) a una excelencia indiscutible, ha sido
un término al que se ha recurrido siempre para formular evaluaciones incuestionables.
La permanencia, sin embargo, no es uno de los atributos más evidentes de la belleza; y
su contemplación -cuando es experta- puede estar entreverada en el pathos, tema que
Shakespeare aborda en muchos de sus sonetos. La belleza más conmovedora es la evanescente.
Hacer de la belleza algo en cierto modo perdurable ha requerido de un buen número de
transposiciones y de remiendos conceptuales. La idea resultaba sencillamente demasiado
atractiva, demasiado poderosa, como para ser malbaratada en loas a formas superiores. Había
que multiplicar la idea, permitir que hubiera tipos de belleza, belleza con adjetivos, organizada
en una ascendente escala de valores y de incorruptibilidad, donde los usos metaforizados
(“belleza intelectual”, “belleza espiritual”) tuvieran prioridad sobre lo que el lenguaje ordinario
alaba como bello -lo que proporciona un gozo a los sentidos-.
No obstante lo mucho que aparente ser el arte un asunto de superficies y recepción
sensorial, se ha hecho acreedor, en general, a una ciudadanía honoraria en el dominio de la
belleza “interna” -en oposición con la “externa”-. La belleza sería así inmutable, al menos cuando
ha encarnado -se ha fijado- bajo la forma del arte, porque es en el arte donde la belleza como
idea -como idea eterna- encarna mejor. La belleza (si es éste el modo que uno escoge para darle
uso a la palabra) es profunda, no superficial; oculta a veces, más que evidente; consoladora, y
no problemática; indestructible, como en el arte, antes que efímera, como en la naturaleza. La
belleza -aquella clase que se estipula como edificante- perdura.
2.
La mejor teoría de la belleza es su historia.
Igualmente ineludible parece ser el hecho de que cuando las más prestigiosas
comunidades artísticas se involucraron, hace ya casi un siglo, en proyectos extremos de
innovación, entre aquellas nociones que debían desacreditarse estaba, en primera fila, la
belleza. A los hacedores y proclamadores de lo nuevo, la belleza no podía sino parecerles un
patrón de medida conservador. Gertrude Stein decía que llamar “bella” a una obra de arte
significaba que estaba muerta. “Bello” ha llegado a significar “sólo bello”: no hay elogio más
común ni más soso.